El Asesino que robaba sueños I

Al entrar, noto como el humo penetra en mis pulmones, en una gigantesca calada a un cigarrillo inexistente. Lo hace también en mis ojos, que intentan acostumbrarse a la poca luz que existe en el local. “Todo es agua”. Un nombre extraño para un local de mala muerte donde no debe haber nadie que beba agua. Enseguida te veo. Estas en un escenario, cantando una vieja canción, sentada a un piano que parece caerse de puro viejo. Y sin embargo, consigues que todo el mundo dirija tus ojos hacia ti. Incluso las polvorientas luces de las pequeñas lámparas de cada mesa parecen iluminarte. Pero lo que más ilumina todo son tus ojos, que parecen mirar hacia algún sitio entre el ayer y la barra. Si tus ojos fueran agua, estaría de acuerdo en el nombre del local.

Me miras de repente. He recibido puñetazos en la cara y me han hecho menos daño que tu mirada. Se que sabes quien soy. Por alguna extraña razón todo el mundo reconoce a su asesino antes de morir en sus manos. Y sin embargo, ni siquiera pestañeas. Sólo sonríes levemente. Y lo haces a la vez con un pequeño gesto de tus labios y con tus ojos. Nunca había visto a nadie sonreír con la mirada. Si me quedo de pie puede que sea yo quien muera, no se si ahogado por el humo, o de sed. Me siento a esperar que termines la canción. Pido un vaso de agua, y el camarero me dice que no me esfuerce, que no es esa agua a la que se refiere el nombre del local. Así que decido pedirme una ginebra azul con tónica.

El elemento decorativo que sirve las mesas vestido de camarero me trae la ginebra azul al mismo tiempo que tu desafías las leyes de la física elemental viniendo hacia mí a través de un espacio que antes me parecía imposible de atravesar, absolutamente lleno de mesas y sillas, y que tu recorres sin ni siquiera rozar. Claro que puede ser que no me de cuenta de nada, porque sólo miro tus ojos. Y tu cuerpo. Vas vestida de negro. Considerando mi visita, es un color adecuado. Y desde luego, si yo fuera vestido, te hubiera elegido a ti para llevarme. Mi mirada toma tus curvas y temo derrapar. Tengo que arreglar mi alarma contra mujeres peligrosas, porque no está sonando y, sin embargo tu cuerpo hace que me preocupe poco del trabajo que vengo a realizar.

Tu escote se sienta a mi mesa sin permiso, y es que me da la impresión de mis ojos no están acostumbrados a tener tanto trabajo, porque se quedan parados mirándote. Delante de tu escote aparece un vaso con Baileys, que debe haber traído mi amigo el perchero. Por lo visto, aquí le ponéis nombres a las cosas, porque le susurras un “Gracias, David”, que no viene mal porque así puedo escuchar tu voz, que parece tan suave como el Baileys que después te llevas a los labios mientras tus ojos me disparan de nuevo a quemarropa.

– Hola. Mi nombre es Isabel.

(continuara)

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