El Asesino que robaba sueños (final)

Viene de…

Desaparece detrás de una cortina. Y yo sé que el resto de mi vida comenzará cuando la siga.

Un miedo frío, infantil, me llena los bolsillos al verte desaparecer. Cuando aparto la cortina me encuentro con un puñetazo de tus ojos al pie de una escalera. Colocas tus labios tan cerca de los míos que casi puedo notar como el aire se comprime entre nosotros. Tu pecho contra el mío, como dos armas clavándose en heridas abiertas. Duele tu presencia, duele tu perfume, duele no besarte porque no me atrevo. Porque quizás estés hecha de humo y me baste echar el aire que sin querer aguanto al verte para que te esfumes. Tus manos rozan levemente las mías, y mi sexo te quiere.

Pero sólo me das una sonrisa. Puede que algunas voces me digan que huya, que ahí no hay nada que hacer, que no es que seas peligrosa, porque puede que después de ti no haya que preocuparse más que del tipo de flores y del tono de la madera de la caja. Voces que me dicen que además de apuntarme con tu pecho, tus labios, tus ojos y tu sexo, puedes dispararlos y abrirme un boquete para que pudiera pasar un tren de mercancías.

Y tu mano me agarra, y tu viento sube conmigo, y un escalofrío nace de mi sexo cuando mis ojos te contemplan desde atrás, con tu vestido pegado a tu cuerpo tan perfectamente como le gustaría hacerlo a mis manos.

Y la puerta, y tus labios. Ya en los míos. No esperas ni hablas. Rapidez y fuego. Me abrazas como si fueras tú la que tienes miedo de que escape. Contestan mis labios y mis manos dejan de tocar el miedo para sentir el calor de tu cuerpo. Tu olor ocupa todo, tu cuerpo me rodea aunque soy yo ahora quien te abraza… Todo parece dolerme como el sexo intentando quitarse de en medio tanta tela. Te das la vuelta y le planteas que descubra lo que había en la escalera. Y yo beso tu cuello. Sabes a todo lo que he probado y a nada que pudiera comprender. Sabes a no tener miedo, sabes a querer mirarte durante horas sin la publicidad que supone un parpadeo.

Mi dedo traza tu rostro, porque se recorta de tal manera en la semioscuridad de esta habitación, que temo no poder recordarlo si tan sólo lo miro. Y baja hacia las curvas de tu pecho, y un dedo recorre tu pezón sobre la tela. Tu respiración se agita, y se agitan tus manos buscando mi piel creciente detrás de ti. Somos una danza de manos, labios y gemidos sin sentido. Tu falda sube, mi pantalón baja. Tu agua se esconde tras mi mano y el tacto de la tela de tu ropa interior. Mis manos se reparten entre bajarte los tirantes del vestido y contarle a tu sexo lo que significa desearte. El tacto de tus manos libera mi deseo, y lo comprendo todo, aunque no entienda nada. Cada parte de mí tiene vida propia, y todas sus vidas quieren el placer de sentir tus manos sobre ella. Pero es mi sangre palpitando en el interior de tu mano el destino que quieren todas ellas. Mil recuerdos cambio por mantener esa mano en mi piel hasta que caiga muerto. Y puede ser que caiga esta misma noche, en ese mismo cuarto, bajo esa misma agua que mi mano explora, que mi mano busca, que mi dedo alberga.

Toda tela termina alfombrando un círculo inconexo alrededor de nuestros cuerpos. Todo segundo en que no estuviera sintiendo tu piel sería completamente inútil. Todo espacio que me impidiera ese contacto debería evaporarse o destruirse. Como sólo he tenido ojos para ti no he visto la cama a la que me llevan tus manos. Si pudiera pensar, si pudiera hablar, te diría tantas cosas….

Pero sólo quiero besar tu centro. Y te despliegas ante mí, porque nuestros deseos deben de estar hablando alrededor nuestro, y se cuentan en secreto que quiero. Y mis labios se posan sobre ti, y detendría el tiempo en ese instante, si no fuera porque no quiero perder tiempo ni pararlo. Y quiero sentir el siguiente beso, y el siguiente, y la humedad en mis labios proveniente del río de tu cuerpo. Tú te agitas, respiras, gimes, maldices, ríes. Y en un momento te desbordas en mis labios. Y sabes a deseo, a calor y a mar de agosto, a sal y lluvia.

Primero te poseo con urgencia, sin dejar que te muevas de donde estas. Entro en ti sabiendo que ya no podré entrar en nadie más. Como si alguien me dijera: muy bien, chico, ya puedes estar seguro de donde entras. Después de sentirme en ti, ya no siento nada mas, y se que algo se ha quedado allí. Y me importa una mierda las puertas que se cierren, las ventanas que no existan, los encargos, los semáforos en rojo, los pantalones cortos. Sólo tu interior me calma, sólo tu interior me duele. Sólo tu interior es agua. Y me muevo desesperado hasta comprender que quiero que te levantes, y te apoyes en la pared con ambas manos. Quiero tu confianza. Y te extiendes ante mí, con la piel perlada de tu sudor y el mío, con tu cuerpo adelantado hacia mi sexo sobre tus tacones negros y tus preciosas piernas. Y en un instante te cubro con todo lo que puedo. Te cubro con las alegrías que tenga, con los recuerdos que lleve, con los dolores que sienta. Y todo está en mi sexo, y todo te lo entrego. Mensajero directo hacia donde quiera que este tu alma, si es que ésta no es tu piel, tus miradas o tus labios. Y allí muero. Allí me pierdo, me vacío, me diluyo…

Te recojo entre mis brazos y te recuesto. Decido en un segundo como terminar la escena. Alguien tiene que morir en el próximo minuto.

-Te quise. -Es tu voz-. Y si hubieras dejado la pistola antes de subir, ahora te querría.

La pistola. La misma pistola que alzo hacia ella. Quedan 30 segundos para cerrar la escena, para terminar el cuento. 25.

-Pero tenías que subirla. No apostaste todo.

20

-Ya es tarde ¿verdad? -Tu voz. Tu piel de seda. Tu mirada de risas, tu tristeza.

10, 9. 8, 7, 6, 5, 4, 3, 2, 1…

El primer disparo me destroza la mano desde donde iba a dejar caer la pistola para caer rendido ante tus besos. Y comprendo que será muy difícil asesinar con sólo la mano izquierda. El segundo y atronador disparo me destroza la rodilla izquierda y me obliga a besar el suelo. Se me ocurre que si el que dispara está jugando a las tres en raya, el siguiente disparo tendrá a favor que no tendré que preocuparme en buscar unas muletas, con la grima que me dan los hospitales.

Me tiendo en el suelo, y mi último recuerdo es una pistola en la mano del Perchero, y el roce de tus labios en un beso que tiene sabor a sangre seca y a una mirada hecha de sonrisas. Mi dedo roza tus labios y quiere hacerlo con tus ojos si pudiera…

Me quisiste

Tres en raya.

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16 Comments

  1. Empecé a extraer todos aquellos trozos que me parecían geniales y al final terminé copiando toda la obra, es algo increible, te lo tenías guardado no?
    Al plasmar tus sueños en el papel ni el más tenaz de los asesinos te los puede robar, seguirán siendo tuyos por siempre. Enhorabuean por esta obra tan bien lograda.
    Un saludo.

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  2. El idiota de turno

    Me vas a permitir que me cague en tus muelas…. desde el más profundo de los respetos… Tu eres tonto? no te das cuenta de que luego las mujeres nos abandonan por no ser como tú? por no inspirar todo ese juego? todo ese sentimiento?…. jajaj todo lo dicho es en términos jurídicos una declaración “iocandi gratia” lo digo pa que no me metas una demanda norteamericana…. si me quieres jinchar un ojo ya es otro cantar… te lo devolveré. Si hubiera tenido palabras
    “asín” tal vez mi chica no me hubiera abandonau. Gracias, persiste, una pregunta tonta… ¿ a tí se te levanta? Gracias otra vez. y disculpa las molestias… Suerte amigo, lo haces muy bien, (con seven up o sin él…)

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  3. Excelente Adolfo!!! me has dejado impactada, me has llevado en el relato donde el aire se comprime, ese color de sentir y no sentir, el ansia de tener, la entrega intensa la calor de los cuerpos….Magistral! y luego el final, gusto para el sentimiento pacional: los tres disparos. Mis felicitaciones y aplausos, excelente creación. Un fuerte abrazo

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