Un libro de tapas azules (1/5)

Yo tenía una pequeña tienda con cientos de libros llenos de palabras, y ella una mirada que no podía ser definida por ninguna de ellas.

Entró por primera vez una tarde de diciembre, al tiempo que sonaban en mi desvencijada radio inmensos gritos de alegría y explosiones de risa. Era un 22 de diciembre y los afortunados con el Gordo de la Lotería exhibían su contento y futuro a quien quisiera oirlos.

La puerta se abrió, y mis ojos, en un gesto tan inconsciente como repetido, se dirigieron a la entrada. En ese mismo instante, andaba yo enfrascado en escribir algo medianamente decente, y me colgué de manera indecente de su mirada. “Mirada de mil sonrisas”, escribí de repente, haciendo salir la frase de la boca de un asesino malcarado a punto de cumplir su cometido, con lo que una bola de papel arrugado volvió a marcar un tiro de dos puntos.

Y debajo de las sonrisas, un cuerpo de regalo envuelto en un vestido blanco y negro que hacia parecer todo lo que pudiera mirarse precisamente en esos dos colores, menos su rostro, sus labios, sus rincones.

Aquella primera tarde comenzó a pasear sus sonrisas hechas miradas por los libros de las estanterías, tras un tibio y típico buenas tardes. Cogiendo algunos, abriendo menos, y sin hablar o mirarme. Asesinado mi asesino por su mirada, no lograba ni media frase coherente, asi que mis ojos la seguían. No lograba evitar admirar su cuerpo, la manera de que sus piernas la movían, la curva de su pecho al contraluz. Sus labios entreabiertos murmurando al leer el título del libro entre sus manos. La verdad es que comencé a envidiarlos. Su mirada les recorría, sus dedos acariciaban sus cubiertas, su mente recogía sus palabras.

Cuando después de una de las miradas furtivas, pero constantes, que la seguian por la tienda volví a dirigir mis ojos al papel….

“mis manos recorrían su cuerpo, levantando tela, caminando en las curvas de su pecho, besando su cuello, haciendo que notara toda la ansiedad y el placer que se agolpaban en mi sexo, mientras sus manos se apoyaban en la estantería, una mano en las obras completas de Neruda y la otra en un tratado de filología inglesa. Ella agachaba la cabeza, mientras su cuerpo de curvas infinitas parecía surgir de mis manos según iba descubriendo su piel…”

No recordaba haber escrito eso.

Sonó la puerta. Levante de nuevo la cabeza. Ya no estaba.

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Categorías:Cuentos, Viento en las velasEtiquetas: , ,

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