Una carta

Estás ahí delante, respirando. Mi trabajo consiste en vigilar que lo sigas haciendo. Imagino que en estos momentos, a la vez que yo lo hago, miles de enfermeras estarán haciendo exactamente lo mismo que yo en todo el mundo. Vigilar a un enfermo. Lo que no se es cuantas de ellas serán a la vez la mujer del enfermo al que vigilan. Eso me hace especial, nos hace especiales. Es bueno sentirse especial por cosas como esta, y no por ir marcada bajo la ropa. Todos se han volcado en el hospital con nosotros, y nos han dado esta habitación individual, y han cambiado sus turnos para que pueda ser yo quien te vigile, y no paran de preguntar por tu estado. Todos han lamentado tu accidente de coche, y se han alegrado de que hayas podido salir vivo del choque. Todos menos yo.

Claro que les entiendo. Eres tan sumamente educado con todo el mundo, tan atento con todos. No golpeas a nadie más que a mí cuando crees que te llevan la contraria en una discusión. Nadie tiene miedo de verte cuando bebes unas copas de más. Y yo soy tan triste, tan callada, tan poca cosa. El silencio. El silencio afilado como el miedo, cortante. Yo creo que muchos se preguntan cómo estoy contigo. Yo también. Quizás esté contigo para verte así, a merced de mis manos.

Lo que es verdad es que ahora sé lo que sientes. Puedo comprender que pasaba por tu cabeza cuando tus dedos se aferraron a mi garganta, y tuviste que decidir por mi vida. O cuando “jugabas” con el cuchillo tan cerca de mi cuello, y reías. Con esa risa tan seductora que dicen que tienes. Y ahora estás aquí. Es tan fácil…. mi silencio ahora es mi arma. Nadie va a pensar que fuera capaz de hacer daño a nadie, y menos a ti. Sólo serán cinco minutos, a lo sumo 10. Y acabarán los golpes, el odio, el miedo. Y con suerte, y con tiempo, terminaré quedando yo, o algo parecido. Ya no habrá más palizas, más “nunca más”, no más perdones, no más pañuelos en el cuello, demasiado maquillaje, demasiados “mamá, no te preocupes, cambiará”. Sólo serán cinco minutos. Y te irás.

Fíjate, que tonta soy. Llevo así dos horas. Escribiéndote esto y pensando en matarte. Sin decidirme. Te veo en la cama, indefenso. Y eres un poco espejo, eres un poco yo. Eso debía de ser para ti, algo sobre la cama, indefensa, a tu merced. Es curioso el poder que da, que se siente, cuando se tiene en las manos la vida de alguien.

Sólo que hay algo que tú no sabes, que no comprendes: lo que significa herirse de odio todos los días. A cada desprecio, a cada insulto. No entiendes lo que voy a hacer. Voy a librarme de ti, pero huyendo del miedo. Voy a irme lejos, ya que me vas a dar el tiempo necesario para hacerlo, mientras estás en este hospital. No pienso hacerte daño, no pienso herirme más haciendo lo que tú has hecho conmigo. Hoy no vas a morir, porque yo no quiero, porque yo tengo el poder, por la sencilla razón, que  nunca comprenderás, que yo no soy como tú.

Adios.

Categorías:Cuentos, Nosotros podemos, Viento en las velasEtiquetas: , , , , ,

12 Comments

  1. Ojalá que a todas se les presente la oportunidad de escribir una carta de estas y hacerla realidad, ojalá que lleguemos a estar a merced de la presa para que la justicia llegue a reinar. Extraordinaria carta.
    Un saludo.

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  2. Impresionante!! la he leído unas 5 veces, simplemente impactante.

    Considero que no solo se puede traducir a la violencia en la pareja, sino a la violencia entre padres e hijos, o psicológica en general

    Al final el huir es lo que te da el poder, la perspectiva de darte cuenta de que “yo no soy como tu”.

    Gracias por escribir =)

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