Una máquina del tiempo por la calle de Alcalá

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En el detalle que no me fijé fue si la máquina del tiempo llevaba la falda almidoná y si por alguna parte tenía una cadera con los nardos apoyados sobre ella. Bueno, en realidad, no vi ni cadera ni nada de la máquina del tiempo por ningún lado, pero seguro que había una por allí cerca, por que es la explicación que más me gusta para explicar el hecho de que me encontrara en la calle Alcalá (a la altura de Manuel Becerra) una escena de calesas y caballos entre autobuses y coches con ventanillas automáticas, direcciones asistidas y más siglas que el diccionario de la RAE (uy, otra sigla). Calesas y caballos que parecen de siglos pasados, aparecidos en medio del mundo que nos rodea normalmente. La lentitud en medio de la prisa.  Menos mal que la máquina del tiempo no me quitó la cámara, y pude traeros pruebas….

Y si, ya se que simplemente se preparaban para la Corrida Goyesca de Las Ventas…. pero a mis sueños les gustaba más la otra explicación.

Categorías:De Madrid aqui, Miradas66Etiquetas: , ,

25 Comments

  1. menda

    Cuidado, que te han plagiado:

    Confieso que he cabalgado por tierras de la Mancha a lomos de un viejo caballo, y me han tratado de loca, quizás por el hecho de pasar cien años en una aldea llamada Macondo, a lo mejor por intentar llevar un simple anillo a los fuegos del destino, sin casi ninguna esperanza, y luchar en los campos de Pelennor contra ejércitos sin final liderados por el Señor Oscuro. Puede ser que esa fuera la razón que me llevara a descansar en una Montaña Mágica.
    Confieso que he buscado tesoros en islas y barcos hundidos, que he sido pirata, bucanera, filibustera y oficial de la marina que los perseguía. He cruzado asi los cabos de Hornos y Buena Esperanza al lomo de tormentas imposibles, obsesionado por ballenas blancas, y he llegado a ser una vieja en el mar.
    Confieso que he sido jugadora, hermana de un tal Karamazov, en la Guerra y en la Paz, aunque fue en la guerra donde segué la vida de infieles en Flandes como falso capitán de los Tercios, para luego pasar a ser un coronel a quien nadie le escribía.
    Confieso que he sido poeta en Nueva York, escrito canciones desesperadas, alguna rima y más de una leyenda, y que he gritado más de una vez “todos a una”. Que he cojeado metiéndome con un hombre a una nariz pegado y que siendo buscona en viejas calles de Madrid metida, me tope con unas tales Jacinta y Fortunata.
    He investigado crímenes sin cuento, como dura detective en Los Ángeles, como bigotuda belga en trenes, como franciscana en monasterios. He sido emperadora tartamuda, de pícaros lazarillo, azteca antes de Cortes, amante en indonesia. He visto construir pirámides como faraón y derribar imperios como legionario.
    En fin, confieso que he vivido. Confieso que he leído

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