Un banco de El Retiro (II)

(viene de aquí)

Por más que miró alrededor, Juan no vió a Grace por ningún lado. Tampoco había tardado tanto. Y ella no era precisamente una jovencita. Sin embargo, ni rastro. Lo mismo había sido velocista de 100 metros en sus tiempos. A saber. Miró el reloj. Ya era tarde, y tampoco tenía el día demasiado creativo. Observó de nuevo el retrato casi acabado. Volvió a sentir la sensación de que no era la primera vez que sus lápices describían aquellos perfiles. Y esa mirada. Un escalofrío, pequeño. Como por dentro. Recogió sus bártulos, y cuando se disponía a irse, con las manos ya ocupadas, reparó en la bolsa de tela. Ya la conocía. Era del tamaño de una bolsa grande de El Corte Inglés, sólo que de tela verde, con dos asas de cuero de color marrón. Sabia perfectamente lo que tenía dentro: dos álbums de tapas azules, grandes y gruesos, que repasaban juntas una tarde si y otra también, y que parecía ser una especie de ventana por la que asomarse a sus recuerdos para ambas ancianas. La mayoría de las veces eran leves sonrisas y miradas cómplices, pero en más de una ocasión hubo lágrimas y desconsuelo.

Pensó en lo que debía hacer con aquella bolsa. Cabía la posibilidad de que Grace volviera a recogerla. Por su abuela, Juan sabía que ser octogenario no solía ir aparejado a una memoria prodigiosa para las cosas cotidianas. Su Yaya se acordaba perfectamente de la delantera del Madrid que ganó la copa de Europa al Stade Reims en el 56, pero era incapaz de decir donde estaba la taza de Eko que se había calentado hace escasamente 5 minutos. Así que decidió coger el viejo bolso de tela y llevárselo con él.

Al llegar a casa, se olvidó del incidente del parque y del bolso. Tenía bastante lío y además quería pasar un rato trasteando con el ordenador. Estuvo hasta tarde ordenando fotografías y charlando en Twitter. Se le habían pasado unas cuantas horas cuando se dio cuenta, y simplemente se dejó caer en la cama rendido. Soñó con ancianas secuestradas y con las chicas de oro copando el podium de los cien metros en las pasadas Olimpiadas de Beijing.

Cuando tomaba el primer café de la mañana, su vista se dirigió hacia el bolso que había dejado apoyado en la pared. Con la taza en la mano, sacó uno de los albums y lo deposito encima de la mesa de la cocina. Se sentía un poco avergonzado por querer ojearlo, pero al fin y al cabo lo había salvado de que alguien se lo hubiera llevado del banco, y seguro que esa misma tarde, Grace se lo agradecería. No había ninguna marca en el exterior que indicara su contenido. Abrió la tapa y el recorte de un viejo periódico le llamó en inglés desde el siglo pasado: Harlow is dead. Letras de portada, grandes, negras, 5 columnas. Si, le sonaba el nombre de conversaciones de cine con su abuela: Jean Harlow, la primera rubia platino del cine. La portada era del año 1937. Tras la primera página, Juan fue recorriendo lo que parecía una biografía de la actriz a través de recortes de periódicos y revistas. Sus primeras películas en pequeñas referencias escondidas y casi imposibles de recortar, las primeras fotos en fiestas, los primeros éxitos… Desde luego, Grace y Juana eran admiradoras de Jean Harlow. Jean, Juana… joder, una de ellas hasta tenia el mismo nombre, pensó sonriendo. Al llegar al año 37, más noticias sobre la muerte de la actriz, las lamentaciones del “Todo Hollywood”, su madre destrozada, las fotos de su entierro, de su tumba. Y después, más fotos de la actriz, pero en este caso, fotos particulares, de lo que parecían ser lugares diferentes del mundo. Unas cuentas en lo que parecía ser Buenos Aires, por los letreros de las tiendas que aparecían detrás. Era curiosa la distribución. Primero recortes y después fotos. Cuando siguió pasando algunas hojas más, la cosa se volvió más curiosa todavía, por que Jean Harlow parecía envejecer, y por lo que sabía Juan, los muertos no suelen tener esa capacidad. Se puso otro café, y una punzada de curiosidad le recorrió el cerebro. Hizo una búsqueda en el ordenador y consultó en la Wikipedia la biografía de Jean Harlow.

Desde luego, la amiga le podía haber dictado a James Dean la frasecita de “Vivir rápido, morir joven, y dejar un bonito cadaver”. Una madre sobreprotectora, que tan sólo la llamaba “Baby”, hasta tal punto que no supo su verdadero nombre, Harlean, hasta entrar en una escuela infantil a los 5 años. Casada por primera vez a los 16 años, sospechosa del asesinato de su segundo marido, Paul Bern, aunque la cosa quedo en suicidio, estrella rutilante del cine de los años 30, supuesta amante de Gable, Howard Hughes, Spencer Tracy o William Powell. La primera rubia platino del cine, curiosamente la estrella favorita de otra rubia, Marilyn, que incluso poseía los derechos sobre su biografía para llevarla al cine. Muerta a los 26 años por lo que parecía una dolencia renal, aunque las leyendas urbanas al respecto cubren desde la prohibición de la madre a que la vieran los médicos hasta que fue ingresada en el Hospital víctima de una agresión sexual. Hughes, el mentor de su carrera cinematográfica, llegó incluso a organizar un concurso para aquel peluquero que se acercara a su tono de pelo. El ganador se llevaría 10.000 dólares de la época. En su tumba, tan sólo dos palabras: Our Baby.

El joven pintor y su curiosidad vuelven sobre el álbum de tapas azules. Su tumba. Eso suele significar muerte, y la muerte se lleva mal con las fotografías alrededor del mundo, a no ser que seas un vampiro o un zombie, claro. Recorre las páginas. No había duda. Para estar muerta, la Jean Harlow del álbum tenía una salud de hierro y mucho dinero para viajes. París, Sidney, Río de Janeiro. Casi siempre sola. Y en todas ellas con una expresión de felicidad infinita. Y de repente, Madrid. El Retiro, la Puerta del Sol. Ya anciana, ya… Juana. Era ella. Juan no podía presumir de demasiadas cosas, pero sabía reconocer una cara. Y aquella anciana, la misma que se había sentado al lado de sus carboncillos y pinceles en un banco de El Retiro, aquella mujer, era…. Jean Harlow.

Se recostó en la silla tan bruscamente que a punto estuvo de caerse hacia atrás. Un recuerdo volvió a su mente. Recorrió de manera frenética las primeras páginas del libro de recuerdos. La encontró en la página 9. Allí estaba. Aquella era la foto del retrato que Grace le pidió. Él había hecho un retrato a carboncillo de una actriz que había muerto para el mundo hace 70 años….

Pero… si Juana era Jean Harlow ¿quién demonios era Grace?

(la historia sigue aquí)

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