Un banco de El Retiro (III)

(viene de aquí)

Juan no pudo evitar pensar en la repercusión que tendría aquella historia si fuera publicada. Tenía un par de amigos periodistas que a buen seguro harían maravillas con ella entre las manos. Aquello era una bomba, o al menos lo parecía. Joder con Juana, quién lo iba a decir. Durante tres años, a menos de dos metros de una leyenda del cine. Y Grace… ¿quién era ella? No aparecía en ninguna de las fotos con Juana, o Jane, ni siquiera en las más recientes. Seguramente porque esas fotos las había hecho ella misma. Tenía claro que el descubrimiento había tenido mucho de casual, y que Grace no dejaría que aquello se supiera, porque si no no hubiera estado tantos años guardando ese secreto. Tendría que pensar en como convencerla. Aquello era una bomba, y podía resolverle la vida, conseguir lo que siempre había soñado, pintar por placer y dejar de hacer retratos rápidosy encargos que apenas le servían para mucho más que ir tirando.

Se maldijo a sí mismo al recordar que le quedaba por mirar el otro álbum. Desde luego no tenía precio como investigador. Se dirigió a la bolsa, sacó aquel objeto que le podía dar tantas respuestas, y apartando el otro dejó sitio para colocarlo sobre la mesa. Se quedó mirándolo unos segundos, como esperando poder mirar a través de esas tapas azules. Al fin lo abrió. No es que esperase nada en especial, pero lo que encontró le sorprendió de veras. En ese álbum no había fotos, ninguna. Estaba absolutamente vacío. Bueno, no exactamente, porque al llegar más o menos a la mitad, Juan encontró algo. Una carta. Tres hojas de papel en medio del vacío que suponía la ausencia de fotos en un álbum destinado a recogerlas. Pero lo que Juan leyó a continuación le hizo olvidarse de las no-fotos:

Querido Juan:

No tengo manera de saber que álbum abrirás primero de los dos, pero eso no importa demasiado. Si has abierto el que contiene estas letras, no hay mucho más que decir, sigue leyendo, y el contenido del otro cuaderno no hará sino confirmar la mitad de la historia que estás a punto de conocer. Si por el contrario has ojeado primero el otro, habrás conocido ya media parte de una historia maravillosa, mitad oscura y mitad brillante.  Y no te sientas culpable por dejar actuar a la curiosidad. No sólo es lógico, sino que es precisamente lo que pretendía que hicieras.

En estos años, te has convertido en algo muy especial para Juana y para mi. Verte trabajar a nuestro lado, verte existir, reír con los niños, jugar con las miradas con las chicas, ponerte serio cuando no te salía lo que pretendías, era como nuestro enlace con el mundo. Un mundo que ya no era el nuestro, y que sin embargo observábamos a través de ti. En estos años, te habremos parecido un par de ancianas normales, de costumbres diarias y con pocas que cosas que contar. Y la verdad, es que vamos a dejar esa decisión, la de contar o no nuestra historia, en tus manos.

Empecemos con los nombres: Juana se llama en realidad Harlean Harlow Carpenter, y nació en Kansas City. Pero el mundo entero la conoció como Jean Harlow. Quizás te suene o quizás no, de aquello hace mucho tiempo. Pero reinó sobre el cine como sólo lo hacen los elegidos. En el otro álbum podrás conocer la historia, verás sus brillos. Y estoy segura que en esos aparatos que todos los jóvenes conocéis también habrá más información. Lo tenía todo y, sin embargo, se dio cuenta un día que no tenía nada en absoluto, que todas las sonrisas y caricias era prestadas, falsas, dirigidas a alguien que no era la misma persona a la que miraba el espejo todas las mañanas de su vida de estrella. Así que decidió irse. Decidió que Jean Harlow tenía que morir. Tenía el suficiente dinero como para vivir tranquilamente el resto de su vida, y las personas necesarias para llevarlo a cabo. Y así lo hizo. Un 7 de junio de 1937. Y viajó por el mundo, sin la necesidad de llevar a nadie para contestar por ella o de estar posando y diciendo lo que los demás querían oír. Fue feliz por primera vez en su vida. Jean Harlow había muerto, y Juana (aunque ese no fue su nombre hasta que llegó a Madrid) nació para ser feliz.

Cuando ella murió por primera vez, yo tenía 11 años y no era precisamente feliz. Quizás si te digo mi nombre real lo entiendas todo un poco mejor. Me llamo Norma Jean Baker. Y nací y morí en la ciudad de Los Ángeles.

Juan tuvo que dejar de leer. No era posible. No podía serlo. Aquella anciana decía ser la mismísima Marilyn Monroe. Debía tratarse de una broma, una gran broma que le estaban haciendo. De un momento a otro entrarían las cámaras en su apartamento y le confirmarían que todo había sido preparado para que pareciera un idiota. Y sin embargo, había una cosa, un pequeño detalle, que le hacía pensar que aquella carta decía la verdad. Supo en ese instante que el retrato del día anterior confirmaba todo aquello. Que sus lápices habían retratado a la rubia más famosa del cine 48 años después de su muerte.

Quizás ya sepas todo lo demás. Con los años me he ido dando cuenta que ese nombre es muy conocido por mucha gente. Por si acaso, te diré que me lo cambié cuando pasó algún tiempo por el de Marilyn, Marilyn Monroe. Sería cansado para ti y para mis huesos que te contará lo que está en miles de libros sobre mi vida con ese nombre. Se han dicho muchas verdades y muchas mentiras. Entre las primeras, es muy cierto que Jean, Juana, era mi ídolo. Siempre lo fue. Yo quería ser ella. El nombre por el que me conoces, Grace, es de la mejor amiga de mi madre, la que me llevó al cine a conocerla por primera vez. Nunca olvidaré el primer día que la vi en la pantalla. Mi vida no fue fácil, aunque eso ya debes saberlo. Y ella me observó en la distancia, y quizás se enteró de lo que significaba para mí, o simplemente se vio reflejada. Y si tú ahora mismo estás sorprendido, imagínate yo cuando me la encontré a los pies de mi cama a principios de 1962. El resto es historia de un par de mujeres que disfrutaron juntas de la vida. Tardó poco en convencerme de que la siguiera, y sólo un poco más en prepararlo todo para la gran obra de teatro que se organizó en torno a mi muerte. Todo estaba en este álbum, con pruebas de todo lo que estoy contando.

No quiero aburrirte más. A estas horas yo habré vuelto a acompañar a Juana una vez más. Quizás ese haya sido siempre mi destino. Ella no quería que esta historia se contase. Yo he preferido dejarte la decisión a ti. Tras está última hoja, se encuentra la dirección de nuestra casa. Allí encontrarás todo lo que necesites para contar esta historia, si es que así lo decides. Sé que contarás una historia bonita, sé que te encargarás de eso. Alguien que pinta como tú, alguien que no hace otra cosa sino pintar historias de las caras que mira, no podrá hacer otra cosa.

Un beso,

Norma Jean

Juan siempre había tenido facilidad de palabra, pero si en ese momento le hubieran obligado a decir lo que pasaba por su cabeza, simplemente no hubiera podido. Era una historia tan grande, tan absurda, tan cercana, todo junto y revuelto a la vez…

(la historia sigue aquí)

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