El cuento de la emperatriz y el presidente

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Había una vez, en un país llamado Bolivia, un presidente llamado Mariano. De apellido Melgarejo, había llegado al poder mediante un curioso proceso electoral: concretamente, la elección había consistido en decidir si disparaba al anterior presidente en la cabeza o en el pecho para ocupar su puesto. El método, bárbaro sin duda,  tiene la indudable ventaja de ahorrar un pastón en propaganda. Cierto es que corría el final del Siglo XIX y que semejantes personajes no eran difíciles de encontrar en el mundo, sobre todo en una América Latina que había dejado de ser española para empezar a ser de quien tuviera más poder, más sables o simplemente más crueldad.

El amigo Mariano, fiel a su manera algo equina de entender la política, decidió un día que necesitaba un nuevo general para su ejército. Como quiera que el día anterior le habían estado leyendo (el no sabía, tantos años dedicados a la noble carrera de ascender pisando cabezas es sabido que quita tiempo de lectura y aprendizaje) una historia de romanos, Mariano creyó haber encontrado a su media naranja histórica en la persona de un tipo de nombre Calígula y profesión asesino emperador. Como a él, no le pareció nadie mejor ocupante del puesto de general que su caballo. Ufano y hasta sorprendido de su gran ocurrencia, decidió que el nombramiento se haría a lo grande, ordenando que a la celebración tendría que acudir todo el cuerpo diplomático acreditado. O se hacen las cosas bien o no se hacen, que carajo, digo yo que debió pensar.

Pero hete aquí que uno de los embajadores, concretamente el británico, no estaba muy por la labor de ir a fiestas donde los protagonistas tuvieran más de dos patas. Así que declinó, amablemente imagino, la invitación. Por supuesto, a Melgarejo no le gustó nada tal respuesta, que a él no le hacía feos ningún embajador de tres al cuarto, por muy inglés que fuera. Asi que ordenó que lo echaran del país. Pero si bien era cierto que Mariano no sabía leer, no lo es menos que era un experto en putear al personal. Y añadió a la orden del expulsión la pequeña travesura de que fuera efectuada a pie y atado mediante una cuerda a un burro. Lo habría cuadrado si en lugar del burro hubiera sido el caballo general quien tirase del inglés, pero hay que reconocerle imaginación al chico.

Al otro lado del mundo, en Londres, otro gobernante electo, en esta ocasión elegida por el hecho de ser hija de su padre, la reina Victoria, no se sintió precisamente contenta con la noticia del embajador y el burro. De todos es sabido el mal perder que tienen estos chicos de las islas. La señora, a quien debían llamar “su graciosa majestad” por que tenía como costumbre enviar casacas rojas a los sitios donde hacían chistes sobre ella, como en China o la India, tuvo la brillante idea de responder al insulto enviando un par de barcos de su Real Armada a poner las cosas en su sitio. Sería interesante observar la cara de agobio de alguno de sus consejeros, al indicarle a la monarca algo asi: “Va a ser que no, majestad…. Bolivia no tiene mar”. Lo mismo el caballero se fue de compañía con el burro y el embajador. Hay que indicar que la confusión pudo venir no de la incultura de la Reina, sino del hecho de que Bolivia perdió su territorio costero en 1879, poco tiempo antes de la escena.

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Pero Vicky no era de las que se arredraban ante dificultades tan nimias, que para eso era emperatriz. Y ni corta ni perezosa, aplico el famoso dicho “Eyes que no see, heart que no siente” (traducido a medias porque se lo chivó un camarero de palacio, que ya por aquella época había españoles haciendo “un Londres”), y dictó la real orden para que a partir de ese momento, en todos los mapas que se editaran en la Gran Bretaña y alrededores, se eliminara toda referencia a ese lejano país donde a los ingleses se les echaba de manera tan burra (valga la redundancia). Con ello consiguió tres cosas importantes: por un lado, demostrar que gobernantes estúpidos los hay en todos lados, ya sean de sangre azul, roja o beige oscura. Por otra parte, que los coleccionistas de mapas antiguos se pegaran décadas después por esas muestras impresas de los caprichos imperiales.Y la tercera, última, y no menos importante, dar un final a este cuento sobre caballos generales, reinas burras, embajadores expulsados de paises y paises expulsados de los mapas.

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