La leyenda de Tuk y Yoq

Había muy pocas cosas que tuvieran nombre. Y todos los nombres estaban en la boca de los ancianos. A veces en la hoguera, en las noches largas, se dedicaban a contar nombres, porque tampoco había cuentos. Había tan pocas palabras que se podían contar como las bandadas de pájaros.

Tuk era cazador. Quizás el mejor cazador de la aldea cercana al río de las piedras. Podía oler a su presa antes de verla, y seguir su rastro incluso después de un gran viento. Era fuerte y rápido. Yoq era pescadora. Sus manos podían atrapar cualquier pez en el río, en cuanto sus ojos percibieran el movimiento, sabía perfectamente su dirección y les dejaba pasar entre sus dedo hasta apresarlos.

Como no había nombres, ni los ancianos podrían llamar de ninguna manera al hecho de que Tuk no pudiera dejar de mirar a Yoq cuando se encontraba cerca. A Tuk le gustaba pensar en los nombres, y jamás se iba de la hoguera hasta que el último de los ancianos terminaba de susurrar la última palabra. Luego, mientras descansaba, pensaba en los nombres, los intentaba recordar todos, y jugar con ellos en su mente. Mientras lo hacia, una noche, juntó dos nombres para poder definir lo que sentía cuando observaba a la pescadora: dentro bien.

Por fin, un día se decidió a contarle lo que le pasaba a Yoq. Se acercó al río, donde ella estaba pacientemente esperando que un pez pasara entre sus manos. Espero a que terminase y que el infortunado pez estuviese en la orilla debatiéndose inútilmente para hablarla. A pesar de que toda la aldea sabía que Tuk era el más valiente de los cazadores, fue incapaz de ser directo y breve con Tuk. La intento decir lo que sentía, pero ella no entendía nada. La explicó que mirarla era “dentro bien2, y que por eso quería que estuviesen más cerca más tiempo. La contó que quería hablar más veces con ella y enseñarle los nombres.

Yoq no terminaba de comprender muy bien lo que quería Tuk, pero los nombres “bien dentro” se parecían mucho a lo que sentía desde que se dio cuenta de que el cazador la observaba todos los días. Ella también quería estar más tiempo con él. Pero en la aldea los hombres y las mujeres no vivían juntos, y tan sólo tenían contacto físico cuando los ancianos de la tribu lo decidían así. No es que hubiera una prohibición al respecto, si no que simplemente no se hacía así.

Tuk le ofreció a cambio de su compañía cazar para ella. Pero Yoq no necesitaba alimento, puesto que todo el que necesitaba se lo ofrecía el río. Pero entendía la necesidad de Tuk de ofrecerle algo. Quizás si le pedía algo imposible, Tuk comprendiera que aquello no tenía demasiado sentido. Así que decidió pedirle tres cosas. Tres cosas imposibles.

– Tráeme el viento, la luna y el sol

Tuk se sintió desesperado. Aquello era imposible. Nadie podría cazar el viento, atrapar la luna, coger el sol. Aquella noche no pudo dormir. Ni siquiera recordar y decir en voz baja los nombres que conocía le producían consuelo. Durante tres noches pensó en que podría hacer. Por fin, al amanecer de la tercera, una idea surgió en su cabeza. No pudo esperar más, y se fue a esperar a Yoq al río.

Al llegar, corrió hacia ella.

– Querias el viento.

Y su dedo, leve, recorrió la piel del brazo de ella, haciendo que su cuerpo reaccionara como a veces le ocurría con la brisa del norte, sintiendo un escalofrío.

– Querías la luna

Y ladeo su cabeza mientras sus labios se curvaban en una sonrisa, al igual que la luna parecía sonreir tantas noches. No con la risa de los niños, abierta y franca, sino en una sonrisa que se extendía a los ojos, mientras el viento de la primera caricia seguía produciendo escalofríos en la piel de Yoq.

– Querías el sol.

Y los labios de Tuk se posaron sobre los de Yoq, y el mismo calor de sol entró en ellos, como tumbados sintiendo sus rayos al estar en lo alto. Un calor distinto, nuevo, que hacía que todo su cuerpo respondiera como si todo fueran sus labios, como si no existiese nada más.

Tuk lo había conseguido.

Y dicen que Yoq aceptó los regalos de Tuk, y pasó los días junto a él, y que compartieron durante mucho, mucho tiempo el viento de las caricias, la sonrisa de la luna y los besos del sol,

Categorías:Cuentos, Tercera

12 Comments

  1. el_webboy

    Es el post de Adolfo que menos se parece a Adolfo. No sabía que también dominaras este tipo de literatura, estoy complacido y emocionado. Por favor, no dejes de sorprendernos nunca.

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  2. Redondo, Adolfo, redondo.

    El lirismo se acendra y estiliza para aportar el clímax.

    Disiento, con todos mis respetos, de lo que dicen algunos de tus lectores. Sin dejar de sorprender esa redondez, yo esperaba algún día algo así, en que se objetivasen algunos de tus, digamos, motivos, temas y expresiones esenciales (el tú, el yo de los enamorados, las sensaciones y percepciones que transportan a los sentimientos o que son su manifestación: caricia, mirada, etc.)

    Y lo has hecho. Y espero que sigas, cuando te apetezca, haciéndolo.

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