Frutos extraños

Los árboles del Sur tienen extrañas frutas
Sangre en las hojas y sangre en la raíz
Cuerpos negros balanceándose por la brisa sureña,
Extraña fruta colgando de los álamos
Bucólica escena del galante Sur
Los ojos saltones y la boca torcida
Olor dulce y fresco de magnolias
De repente, el súbito olor a carne quemada
Hay una fruta para festín de los cuervos
Para que reciba la lluvia, para que la meza el viento
Para que el sol madure, para que el árbol la suelte
Hay una extraña y amarga cosecha

Southern trees bear strange fruit,
blood on the leaves and blood at the root,
black bodies swinging in the southern breeze,
strange fruit hanging from the poplar trees.
Pastoral scene of the gallant south,
the bulging eyes and the twisted mouth,
scent of magnolias, sweet and fresh,
then the sudden smell of burning flesh.
Here is fruit for the crows to pluck,
for the rain to gather, for the wind to suck,
for the sun to rot, for the trees to drop,
here is a strange and bitter crop.
Letra y traducción recogida de Desde mi Tejado

Una luz se la roba a la oscuridad. Una sola luz. Un foco. El resto del local se esconde. El humo de los cigarrillos y las almas quemándose sube y se enreda. Hay asesinos en la sala, pero están en su día libre. Hay corazones rotos y se escucha a los camareros y a la chica del tabaco pisar los trozos.

Y ella canta. Y la escucha el silencio, el humo, los asesinos, los corazones rotos, los camareros. Canta mientras el foco la roba a la oscuridad, y ella aguarda, grande y negra.

Hay dos fantasmas dos mesas a la izquierda del asesino más anciano, que se ha puesto en primera fila, donde le han servido el agua mineral que el último doctor le recomendó antes de quedar marcado por dos disparos en el pecho por un lío de enfermeras, maridos y malos entendidos. El cuello de los fantasmas está marcado. Y pica. El de la izquierda se llama Thomas, y le acompaña Abram. Sus ojos tristes, sus cuerpos tristes, sus almas tristes.

Y Billie canta. Les canta. Les llama frutos extraños. Con ojos asustados y voz rota. La canción es oscura y bella, y deja sabor a humo y sudor en la garganta. Así lo nota el vendedor de sueños retirado que se apoya en la barra, viejo y cansado. “Ponga una copa a esos dos” dice, señalando a los fantasmas. “Y cuénteme su historia” añade al camarero, y le paga con un billete de 5 ilusiones.

“Les mataron en 1930 -comienza el barman- en el Sur de Estados Unidos. La foto de su ahorcamiento circuló por ahí durante años. Hasta que llegó a las manos de Abel Meeropol, un profesor de Nueva York. No podía dormir después de ver aquella foto y escribió un poema, y de ese poema, una canción, Strange Fruit. Billie terminó por adoptarla en su repertorio. Y siempre la cantaba como la está oyendo usted ahora mismo, sola frente a lo oscuro. Y ya ve lo que dice la canción. Son extraños frutos dos hombres ahorcados en ese maravilloso Sur”.

El vendedor escucha como termina Billie la canción. Y piensa en blanco y negro, en dolor y sonrisas. En la belleza de una canción y en la herida abierta. Una vez vendió un sueño a un hombre. UN sueño donde las canciones sólo servían para sonreir. Se acuerda y le entran ganas de llorar, pero sonrie.

“Una última pregunta: ¿esto es el cielo o el infierno?”

El barman seca un vaso. Le mira. También sonríe. También llora.

“Si no ha podido contestar a esa pregunta mientras estaba vivo, puede que nunca nadie le pueda responder”.

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