Ojoporojo #7: Sherlock Holmes

El valor y fuerza de los símbolos es inversamente proporcional a su sencillez. Cuantos menos elementos sean necesarios para que sean identificados por la mayoría de la gente, mayor es su relevancia.

– Elemental, querido Adolfo -podría decir cualquiera ante esta afirmación.

Y con sólo tres palabras (sencillez), todo el mundo tendría en su cabeza la silueta de un hombre con gorra (en concreto de cazador de gamos) fumando en una pipa de cuello curvado (tres elementos, de nuevo la simplicidad) y un nombre: Sherlock Holmes. El detective creado por Sir Arthur Conan Doyle es sin duda uno de los personajes de ficción protagonistas del siglo XX, aunque fuera creado a finales del XIX.

El éxito de Holmes se debe a muchos factores. Pero es la aparente sencillez de cada uno de ellos y la inteligente manera que Conan Doyle tuvo de combinarlos lo que ha permitido que a la postre se convirtiera en todo un icono cultural. El escritor trufaba todos sus escritos sobre Holmes de pequeños detalles (pero no aburridas descripciones) sobre el personaje y su mundo, lo cual hacia que los lectores se pudieran identificar (o imitar) los gestos cotidianos del personaje. Por ejemplo, su habilidad detectivesca, su famosa capacidad de deducción, lejos de hacernos parecer inferiores, como se podría suponer, termina siempre por que en nuestra mente se haga “click”, dando la impresión de que con un poco más de tiempo nosotros también podríamos haber llegado a la misma conclusión. Nosotros somos Watson, a la vez observadores y narradores, un poco compañeros de Holmes, un poco sus Sancho Panza en sus correrías por Londres. No es el Sherlock de Doyle, es el Sherlock de todos. Y es a través de esa narración como nos introducimos en las cercanías del personaje.

Yendo al tema que ocupa la serie de ojoporojo, la mirada del cine sobre Holmes ha sido indispensable para llegar hasta la imagen icónica que ahora mismo tenemos la mayoría sobre él. No en vano, se dice que es el personaje más representado en el séptimo arte. Tan sólo su tercera novela, El sabueso de los Baskerville, tiene al menos 24 adaptaciones cinematográficas. Hasta Billy “Dios” Wilder abordó el personaje en La vida privada de Sherlock Holmes.

Curiosamente, algunos de los detalles que casi todos podemos enumerar de Holmes no son obra de Conan Doyle. El sombrero de cazador es una aportación del ilustrador del Strand Magazine, donde se publicaban los relatos. La pipa característica, del atrezzo de una adaptación teatral de 1920. Y la frase: “Elemental, querido Watson”, una aportación popular, derivada de la repetición del termino “elemental” por Holmes y del tratamiento y cariño que suele reflejar sobre Watson, como por ejemplo en este párrafo de El sabueso de los Baskerville (incluido en el texto que os propongo, que también contiene el detalle de Holmes fumando…. un cigarrillo)

– “Interesante aunque elemental,” dijo [Sherlock Holmes] mientras regresaba a su rincón favorito, donde se hallaba el sofá. “Ciertamente hay dos o tres indicios en el bastón. Nos da las bases para varias deducciones.”
– “¿Se me ha escapado algo?” le pregunté dándome ciertos aires de importancia. “¿Acaso hay alguna minucia inconsecuente de la que no me haya percatado?”
– “Me temo, querido Watson, que la mayoría de sus conclusiones son erróneas

Hay dos actores que ayudaron (a mi entender) a crear el personaje de Holmes tal y como lo conocemos. De un lado, Basil Rathbone (el malo, malísimo del Robin de los Bosques de Errol Flynn), que protagonizó 14 películas encarnando al amigo de la Calle Baker, y que tenia un indudable parecido con las ilustraciones creadas por el dibujante del sombrero antes citado. Y por otro lado, Peter Cushing, recogedor del testigo para la adaptación que hizo la mítica Hammer del relato del “perrito”. De regalo, el trailer de la hasta ahora última adaptación del personaje, de la mano de Guy Ritchie (prefiero a Basil).

Y aquí los primeros párrafos de la novela. Que ustedes lo disfruten.

El señor Sherlock Holmes, que de ordinario se levantaba muy tarde, excepto en las ocasiones nada infrecuentes en que no se acostaba en toda la noche, estaba desayunando. Yo, que me hallaba de pie junto a la chimenea, me agaché para recoger el bastón olvidado por nuestro visitante de la noche anterior. Sólido, de madera de buena calidad y con un abultamiento a modo de empuñadura, era del tipo que se conoce como «abogado de Penang». Inmediatamente debajo de la protuberancia el bastón llevaba una ancha tira de plata, de más de dos centímetros, en la que estaba grabado «A James Mortimer, MRCS, de sus amigos de CCH», y el año, «1884». Era exactamente la clase de bastón que solían llevar los médicos de cabecera a la antigua usanza: digno, sólido y que inspiraba confianza.

-Veamos, Watson, ¿a qué conclusiones llega?

Holmes me daba la espalda, y yo no le había dicho en qué me ocupaba.

-¿Cómo sabe lo que estoy haciendo? Voy a creer que tiene usted ojos en el cogote.

-Lo que tengo, más bien, es una reluciente cafetera con baño de plata delante de mí -me respondió-. Vamos, Watson, dígame qué opina del bastón de nuestro visitante. Puesto que hemos tenido la desgracia de no coincidir con él e ignoramos qué era lo que quería, este recuerdo fortuito adquiere importancia. Descríbame al propietario con los datos que le haya proporcionado el examen del bastón.

-Me parece -dije, siguiendo hasta donde me era posible los métodos de mi compañero- que el doctor Mortimer es un médico entrado en años y prestigioso que disfruta de general estimación, puesto que quienes lo conocen le han dado esta muestra de su aprecio.

-¡Bien! -dijo Holmes-. ¡Excelente!

-También me parece muy probable que sea médico rural y que haga a pie muchas de sus visitas.

-¿Por qué dice eso?

-Porque este bastón, pese a su excelente calidad, está tan baqueteado que difícilmente imagino a un médico de ciudad llevándolo. El grueso regatón de hierro está muy gastado, por lo que es evidente que su propietario ha caminado mucho con él.

-¡Un razonamiento perfecto! -dijo Holmes.

-Y además no hay que olvidarse de los «amigos de CCH». Imagino que se trata de una asociación local de cazadores’, a cuyos miembros es posible que haya atendido profesionalmente y que le han ofrecido en recompensa este pequeño obsequio.

-A decir verdad se ha superado usted a sí mismo -dijo Holmes, apartando la silla de la mesa del desayuno y encendiendo un cigarrillo-. Me veo obligado a confesar que, de ordinario, en los relatos con los que ha tenido usted a bien recoger mis modestos éxitos, siempre ha subestimado su habilidad personal. Cabe que usted mismo no sea luminoso, pero sin duda es un buen conductor de la luz. Hay personas que sin ser genios poseen un notable poder de estímulo. He de reconocer, mi querido amigo, que estoy muy en deuda con usted.

Hasta entonces Holmes no se había mostrado nunca tan elogioso, y debo reconocer que sus palabras me produjeron una satisfacción muy intensa, porque la indiferencia con que recibía mi admiración y mis intentos de dar publicidad a sus métodos me había herido en muchas ocasiones. También me enorgullecía pensar que había llegado a dominar su sistema lo bastante como para aplicarlo de una forma capaz de merecer su aprobación. Acto seguido Holmes se apoderó del bastón y lo examinó durante unos minutos. Luego, como si algo hubiera despertado especialmente su interés, dejó el cigarrillo y se trasladó con el bastón junto a la ventana, para examinarlo de nuevo con una lente convexa.

-Interesante, aunque elemental -dijo, mientras regresaba a su sitio preferido en el sofá-. Hay sin duda una o dos indicaciones en el bastón que sirven de base para varias deducciones.

-¿Se me ha escapado algo? -pregunté con cierta presunción-. Confío en no haber olvidado nada importante.

-Mucho me temo, mi querido Watson, que casi todas sus conclusiones son falsas. Cuando he dicho que me ha servido usted de estímulo me refería, si he de ser sincero, a que sus equivocaciones me han llevado en ocasiones a la verdad. Aunque tampoco es cierto que se haya equivocado usted por completo en este caso. Se trata sin duda de un médico rural que camina mucho.

-Entonces tenía yo razón. -Hasta ahí, sí.

-Pero sólo hasta ahí.

-Sólo hasta ahí, mi querido Watson; porque eso no es todo, ni mucho menos. Yo consideraría más probable, por ejemplo, que un regalo a un médico proceda de un hospital y no de una asociación de cazadores, y que cuando las iniciales CC van unidas a la palabra hospital, se nos ocurra enseguida que se trata de Charing Cross.

-Quizá tenga usted razón.

-Las probabilidades se orientan en ese sentido. Y si adoptamos esto como hipótesis de trabajo, disponemos de un nuevo punto de partida desde donde dar forma a nuestro desconocido visitante.

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5 Comments

  1. Ragtime Willie

    El más complejo e inquietante es el Holmes del que tu llamas Dios Billy Wilder……………por cierto, Wilder era un humano complejo, incluso realizando películas, que las tiene poco buenas y algunas sobrevaloradas……..en mi opinión claro

    abrazos

    Me gusta

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