Gol!

– Bueno, al menos fue un golazo ¿Verdad?

La pregunta es la misma de todas las veces.

– Si, si que lo fue. Un auténtico Golazo.

También el banco de madera es el mismo. Desde hace seis años ya. Aunque en realidad, cuando lo mira él, o ella, no es un banco de madera. Es una portería de fútbol. Ahora, mientras se alejan paseando, el banco vuelve a ser banco, y ellos tan sólo una pareja caminado con el niño y un carro. Ella recuerda aquella tarde y está segura que él también lo hace. Lo nota en su mirada triste al frente, sin objetivo definido, y un leve aumento de la cojera, como si de repente le doliera un poco más la pierna.

Ella recuerda aquella tarde. Una tarde con tanto futuro que ríase usted de Star Trek. Las sonrisas a manos llenas, y todo un horizonte despejado. Y la culpa, bendita culpa, de un papel firmado por su chico. Un contrato. Un contrato profesional con su equipo de toda la vida. El del barro, los madrugones, las concentraciones, las llamadas de móvil interminables, las derrotas, las victorias, el minuto en la tele local. Pero ahora, Primera División… palabras mayores. Así que salieron a celebrarlo. Y la ciudad se rendía a sus pies. Un beso aquí, un “miraesacasategusta” allí, mil planes en cualquier esquina. Hasta llegar a aquel banco, con una pelota deshinchada y abandonada delante. Todo un reto.

“Ponte en la portería” dijo él. Y la hizo colocarse entre cuatro palos imaginarios. “Así será mi primer gol” dijo. Ella recuerda cada palabra, cada acción, como si fueran fotografías dispuestas en una mesa. Hace seis años, delante de ese banco, el levantó la pelota y la lanzó al aire, al tiempo que esbozaba la figura imposible para el gol perfecto. Y una piedra imprevista, y una mala caída, y algo con un nombre demasiado largo roto, y el cuerpo, y los sueños, y Primera División rotos en el suelo. Claro que un principio no lo supieron, y lo primero que él preguntó fue: ¿Ha sido gol?. Y miró la pelota un poco más allá de la portería, pero dentro, y sonrió. “Ha sido un golazo”. Y ella también sonrió. Aunque después no sonrieran cuando los médicos, los incontables médicos, confesaron uno tras otro que aquello no tenía arreglo. Y una y otra vez, en un momento u otro después de las consultas, él siempre decia, en un mantra-cortina para taparlo todo: “Al menos fue un golazo”. Y ella asentía e intentaba sonreir.

No es que no hubieran terminado por tener una vida feliz. Quizás la casa no fue la soñada aquella tarde, ni los trabajos conseguidos fueran tan maravillosos como jugar en esos campos verdes de Dios, pero no se podían quejar. Habían tenido un hijo y los días y las cosas sencillas terminaban por sumar más que las derrotas y las tristezas. De aquella tarde tan sólo quedaban una casi imperceptible cojera y, algunas veces, esa mirada de tristeza hacia ningún sitio y ese silencio incómodo entre los dos. Ella sabe que en un rato volverá la normalidad y las sonrisas, y que el silencio incómodo se romperá por alguna tontería con toda la importancia del mundo, esa que tienen las tonterías que rompen silencios.

Y de nuevo, mientras se alejan, ella volverá a recordar como aquella tarde terminó por dar una pequeña patada a la pelota deshinchada que él no había visto pararse, lo justo para que terminará de entrar en aquella portería imaginada, lo justo para que tan sólo mintiera a medias cada vez que él, cada cierto tiempo, le dijera: “Al menos fue un golazo”.

Con todo cariño, para la gente de #elcorner: @TonyFalcon, @granjefeindio, @FrankFraga, @Xaviplus, @JaviStaff, @Nor7992, @Avisnigra67, @XaviBDn y todos los que seguro se me olvidan que alguna vez han pasado por allí.

Categorías:Cuentos, Por Pelotas, TerceraEtiquetas: , , , ,

4 Comments

  1. Alberto "Zaviev"

    Preciosa historia Adolfo! Como siempre, cada post, los disfruto con toda la intensidad posible. Un abrazo y espero seguir llenando mis tiempos muertos con cada una de tus bien halladas palabras. 🙂

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