Desde esta parte del Patio: ¿Quien? (I)

Llegamos a la segunda pregunta de las 5: ¿Quienes son los “jugadores” de esta partida sobre contenidos en la red? Si no sabes de que va, te recomiendo que leas el post “Desde esta parte del Patio: ¿Qué?“, donde seguramente te enterarás, o te convencerás de que no vale la pena leer semejante chapa.

En un primer vistazo, me sale enumerar a los siguientes: Industria del Ocio, Creadores, Intermediarios, Consumidores, Instituciones y Empresarios de Internet. A ver si consigo aclararme las ideas sobre cada uno de ellos. Que busca en la partida que se juega, que puede ganar y que puede perder. La verdad es que odio los post excesivamente largos, además de saber perfectamente que son difíciles de leer y que “asustan”, así que dividiré esta cuestión en dos post.

La industria del ocio:

Podemos englobar aquí a todas las empresas que hacen de contenidos culturales un producto de consumo, de gran consumo. Porque aquí de lo que hablamos no es tanto de cultura sino de productos culturales. Las películas más descargadas no son las más alabadas por la crítica, sino más bien las más populares. Los músicos cuyas canciones se descargan más suelen ser aquellos que copan las tradicionales listas de éxitos. Los libros más descargados son Best Sellers. En ese sentido, estos jugadores son los que más parecen perder, económicamente hablando. En cada estreno de cine, lanzamiento músical o edición de un libro, ponen en juego un esfuerzo y dinero que les hace ser algo más que meros intermediarios. Una película como Avatar no puede hacerse sin la intervención de un gran estudio y de cientos de profesionales. No sólo es una creación, es un producto. Se puede discutir si eso es malo o bueno para la cultura, pero no se puede hacer sobre que cualquier empresa es libre de poner cualquier producto en el mercado. Y esos productos revierten beneficios en cuanto que estos se reparten entre el número de copias. Avatar sale adelante porque tiene detrás una estimación de beneficios. Puede que la idea de que hacer una copia digital no tiene valor y que por eso no se puede comparar la copia de un producto digital con el robo de un coche (No te he podido robar el coche, sigue ahí) sea una buena y atractiva excusa, e incluso que tenga una gran parte de lógica, pero no es del todo real, puesto que Avatar no puede venderse en si misma, sino a través de sus copias. De la misma manera, la publicidad y la promoción de ese producto tiene un valor real, un coste. Cuando alguien consigue ese producto sin pagar a la industria, se está aprovechando de una publicidad que le ha dado valor a ese producto. La discusión sobre el valor, el coste, el precio de venta al público y otras razones que se suelen esgrimir como datos en este debate son muy importantes, y no sólo a favor de la industria. Pero prefiero analizarlos en el “Como”.

Lo que está claro es que a este jugador no le gustan las reglas según están. Ganaba mucho cuando eran sus reglas, y no está dispuesto a modificar eso. Cada cambio le cuesta dinero, además de la probabilidad de no acertar al hacerlo. Sin embargo, esa falta de flexibilidad le ha pasado factura, por la izquierda y a toda velocidad, como se suele decir. Sigue teniendo la confianza del público en su producto, pero la ha perdido en cuanto a imagen de marca. Es lo que me pasa a mi con Guti. Es el mejor pasador del mundo, pero no me iría con él a tomar una cerveza nunca. Si esto pasa en una industria como la americana, que debe tener la flexibilidad y la atención al mercado como una de sus características, al ser un negocio, que no puede ocurrir en la española, con su eterno debate entre calidad y cantidad, su dependencia de las subvenciones (con mas o menos fortuna, con mas o menos razón de ser) y su a veces excesiva politización. No van a ceder tan fácilmente.

Creadores

Se ha dicho que creadores somos todos. Y es completamente cierto. Si no entramos a juzgar la calidad de la creación, cosa  que por otra parte es harto difícil, por aquello de “pá gustos los colores”, todo el mundo puede entrar en esa definición. Cualquier persona es capaz de pintar un cuadro, escribir un texto, realizar una foto o grabar un vídeo. Pero, lógicamente, no se está discutiendo sobre eso. Así que creo que debemos definir “Creador” en este debate como aquel que “fabrica” contenidos culturales con la intención de obtener beneficios por ello. Todo el mundo sabe clavar un clavo, pero no todos somos carpinteros.

Creo que entre los creadores también hay que hacer una división. Una cosa es alguien que se toma la creación como un hobby, fuera de su principal modo de vida. No pretende obtener un beneficio importante con ello, salvo la satisfacción personal de crear. Es cierto que sueña a veces con “algo más”, pero suele tener los pies en la tierra, y sabe que es sumamente dificil conseguirlo. Si suena la flauta, bienvenida sea, pero cree que es mejor nadar y guardar la ropa. Para este tipo de creador, la Red es una gozada. Le permite compartir sus contenidos y obtener una respuesta inmediata, conocer gente con las mismas inquietudes y aprender. Al no pretender nada más que seguir con su “hobby”, pide que al igual que sus contenidos son compartidos por todos en la red, los demás también lo sean. Ha comprobado todo lo bueno de la red y cree que el camino es el que la tecnología ha ido marcando.

En el otro extremo, están los Creadores “profesionales”. Aquellos que han hecho de la creación su manera de ganarse la vida. Unos pocos de ellos son los generadores de contenidos de la industria del ocio cultural. Es grupo se alinea casi completamente con las opiniones de la industria, y mantiene la misma discrepancia y falta de flexibilidad respecto a la Red. De ser populares e influyentes a parecer, en la redes sociales, enemigos públicos. De crear productos rentables a través de la industria, al vaivén de tener que cambiar su manera de trabajar por un mercado cambiante. La asociación que podría aglutinar a estos creadores, la SGAE, al igual que otras sociedades de gestión, en lugar de facilitar una solución al problema, lo ha enquistado más. “Gestión” no sólo debería significar aumentar beneficios, sino adecuarse a un mercado con inquietudes que van más allá de querer descargar el último disco o película. Aunque fuera sólo por egoismo, por defender y asesorar a sus asociados, y mostrarles como modificar las cosas. Curiosamente, y quizás por esto último, tienen aun peor imagen de marca que la industria.

En medio de estos dos extremos están aquellos que pretendemos vivir de lo que creamos, pero que ni podemos acceder a que la industria nos trate como productos, con la ventaja económica que eso supone, ni conseguir con facilidad que nuestras obras logren la salida necesaria a través de la Red con la estructura que esta ofrece en estos momentos en España. Por una parte, la industria es reacia a mirar a la Red como fuente de contenidos, por la sencilla razón de que ve que son los suyos los que dominan ese mercado, y sólo sabe ver que no obtiene los beneficios que desea. Por otra, la misma Red parece ensimismada en su empeño por negarse a dejar el privilegio de utilizar libremente los contenidos “populares”, y se olvida en esa lucha que quizás sería mucho mejor ejemplo y salida mostrar como los contenidos generados en la Red, mucho mejor conocedores de nuevas tecnologías. En todo este lío, los creadores de este tipo se debaten entre unas instituciones “desorientadas”, unos creadores “profesionales” que no tienen los mismos objetivos y que mantienen una “conciencia de clase” considerable, y una Red que no sabe si son “carne o pescado”. Los ponen como ejemplo cada vez más por delante de la falta de flexibilidad de los otros, como emprendedores y casi héroes, pero cuando se trata de sacar adelante una alternativa de verdad… mi opinión es que se quedan cortos.

Intermediarios

En todo esta discusión, se habla mucho de los intermediarios. Se dice que son los verdaderos culpables, por ejemplo, de encarecer productos tales como libros o discos. Sin embargo, ya he expresado antes que mi opinión es que la industria le da un valor añadido a ese producto, tanto en su creación, ya que hay obras que necesitan una inversión antes de ni siquiera empezar a plantearlas, como en su difusión. Alguien que se vaya a descargar una película o un disco probablemente lo haga influenciado por una publicidad que no vaya a ser remunerada, al tiempo que remunera por publicidad a otro, que si es un mero intermediario, puesto que no enriquece o da un valor añadido al producto. Sólo lo da sin coste.

En mi opinión, los verdaderos intermediarios son la cadena de distribución de esos productos. Desde las cadenas de cines hasta las pequeñas librerías. En el caso de las grandes cadenas de distribución, la cosa es tan sencilla como que la adaptación es automática: si no se vende, no se tiene. Así que sólo admiten productos culturales de los que tengan certeza de obtener beneficio. Las empresas de exhibición, a su vez, sólo pueden mantenerse si programan películas con el máximo posible de alcance, dejando de lado aquellas más minoritarias. En todo caso, los más afectados son los pequeños: las tiendas de barrio, el exhibidor con un par de salas, las tiendas de discos, los videoclubs. Es cierto que no se debe, por muy lastimoso que sea decirlo, culpar a la innovación de que los negocios cambien y tengan que evolucionar. Pero también es cierto que si los perdemos, perdemos el valor incalculable de la cercanía, del contacto humano que atesoran. La Red en general también es desconocida y poco utilizada en esta parte del problema. Pero lo peor quizás es que muy pocos los tienen presentes en la solución de la ecuación, descartándoles como elemento anticuado, por un lado, o como poco importante desde el punto de vista del beneficio, por otro.

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5 Comments

  1. Entiendo lo que dices de los intermediarios, pero creo que es una figura que se ha mitificado mucho 😉 el librero de mi barrio sólo entiende de bestsellers y pasa de reservar o buscarte un libro que se salga de los más vendidos. Hoy en día tenemos un sistema maravilloso para poder llegar a todo el mundo de manera instantánea, y los supuestos creadores ven peligros donde deberían ver oportunidades, olvidando, de paso, que en última instancia nosotros somos sus clientes, y que no deberían insultarnos con cada palabra que sale de sus bocas.

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