Entra un elefante en una panadería…

9 de cada 10 personas que lean el título del post van a pensar que la cosa va de contar un chiste. El uno restante, es de Madrid y se sabe la historia de la Elefanta “Pizarro”. Y es que si bien los animales asociados a Madrid por diferentes causas son gatos y osos, no está de más hacer un hueco en nuestro corazoncito a este, que riete tú de la madre de Dumbo.

En el siglo XVIII estaban bastante de moda por estos lares los espectáculos de fieras, y no me estoy refiriendo a los debates en Tele5 o similares. Se trataba de enfrentar en un recinto a ejemplares de diferentes especies, a ver quien la palmaba antes. Si por el medio había sangre, vísceras y demás, mucho mejor. No se podía descargar Saw VI en ningún sitio, y como los morbosos también tenían su corazoncito, solía ser un espectáculo bien recibido y seguido por el pueblo. A tales efectos, un empresario se trajo de Ceylan (la actual Sri Lanka) una pareja de elefantes, e imagino que en una tarde que él consideró brillante, los rebautizo como “Cortés” y “Pizarro”. El hecho de que el destinatario del segundo nombre fuera en realidad una elefanta no le supuso ningún problema. Aún no se había creado el gremio de sexadores de elefantes. El caso es que Córtes murió al poco de llegar, y Pizarro se quedo sola. Y sola acudía a los combates que la preparaban, cual Joe Frazier o Gladiator, pero con orejas. En la Plaza de Valencia, por ejemplo, dio cuenta de tres toros, tres. Quizás su estilo no se acercase al de José Tomás, pero no hay que negarle los resultados. Eso si, nunca tuvo traje de luces, que aquello hubiera costado que ni la entrada a la Feria de Abril en bombillas.

El caso es que al final de su carrera como Matadora tuvo su merecida jubilación en la Casa de Fieras de el Parque del Retiro. De allí era sacada de vez en cuando por sus cuidadores para exhibirla por Madrid, y se convirtió en conocida por toda la chiquillería de la ciudad. Era algo asi como Chu-Lin, pero pelín más gruesa. Se nota que lo asiático siempre ha triunfado en Madrid. Del Mantón de Manila a Chu-Lin, pasando por los Restaurantes Chinos y Pizarro.

A Pizarro la parecía muy bien todo aquello de los niños y la Casa de Fieras. Pero como aún no existia Walt Disney para hacerla estrella de cine y poder ver mundo en la gira de estrenos, un día decidió hacerlo por si misma, y se escapo. Después de darse un buen garbeo por las calles de Madrid, cual auténtica chulapa, le debió entrar hambre, y acabo metiéndose en una Tahona de la calle de Alcalá. Allí cuentan que se zampo 43 kilos de pan, una fanega de aquella época. Si llega a entrar el “El Brillante”, nos deja sin bocatas de calamares durante décadas.

Pizarro acabo sus días en Madrid, dicen que porque se le atasco la trompa con un ratón, dando pie o apoyo a la leyenda de que a los elefantes les dan pavor los roedores. El caso es que, cuando algún infante me acompañe al Zoo y vayamos a ver a los elefantes, no le diré: “Mira, como Dumbo”, sino que la frase será: “Mira, como Pizarro”. Y le contaré una historia que empezará: Había una vez un elefante que entró en una panadería…

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