En Madrileño Tahrir se dice Sol

Asistimos asombrados a lo que ocurre a unos cuantos miles de kilómetros de distancia. Apoyamos de manera entusiasta a un pueblo que protesta en una lejana plaza de El Cairo contra un gobernante que ha utilizado su puesto para el enriquecimiento y que ha superado con creces el límite de la paciencia de su pueblo. Hablamos de libertad, de redes sociales, de reivindicaciones. Comentamos en bares con nombres como Mubarak o Tahrir. La plaza Tahrir, como Tianammen, como la plaza de la Sorbona o la de la Tres Culturas en México en el 68. Las plazas de las libertades. Como la Puerta del Sol.

Porque podemos viajar en el espacio hacia la Plaza Tahrir, pero también podemos viajar en el tiempo. Viajar hasta la Puerta del Sol y pararnos en 1865. Si, también son los años 60… un día habría que investigar cuáles son los años 60 de cada siglo, las décadas de las plazas. En España hay una reina. “La de los tristes destinos” la llaman. De nombre Isabel y de número segunda. Casada más o menos a la fuerza (diplomática, que no bruta) con su primo Francisco, a quien el pueblo llamaba “Doña Francisquita” y que llevaba más puntillas que ella en la noche de bodas. Que no lo digo yo, que lo dijo un diplomático español exiliado en Francia. Tampoco creo que su marido estuviera contento con el acuerdo. Para este año hasta el que hemos viajado, Isabel lleva 25 años de reinado efectivo, aunque era reina desde que tenía tres años. Eso no lo llevaba muy bien su tío, Carlos María Isidro, de los María Isidro de toda la vida, que la disputo el trono con una guerra de las de antes, esas que disputaban los pobres por el beneficio de los ricos, que se dio en llamar Carlista. Venció Isabel, o más bien los partidarios de Isabel, que la niña tenía 13 años y tampoco era cuestión de emborronar los tules por esos campos de batalla y cuarteles generales de Dios.

El caso es que como he dicho, Isabel lleva 25 años en el trono. En lugar de la los tristes destinos, también se la podía haber llamado la de los alegres aprovechados. España se moderniza al ritmo de influencias y conversaciones de Salón. La corrupción que tanto nos escandaliza ahora es pecata minuta comparado con aquello. Afortunadamente, los tiempos han cambiado. Es bueno viajar en el tiempo. Las primeras redes de ferrocarril son simples operaciones económicas dedicadas a obtener el máximo beneficio. Beneficio que nunca llega a unas arcas del estado que hacen la delicia de las arañas de Palacio. La situación es tan apurada que a algún lumbreras de la época no se le ocurre otra cosa que vender parte del Patrimono Real. Bueno, quizás no fuera mala idea, sabiendo como estaban las cosas. Claro que hay un pequeño truco, casi sin importancia. Del total de lo obtenido por esa venta, la Reina recibiría un 25% a título personal. Una minucia….

Y claro, hay gente que no está por la labor. Hay gente que piensa que ya es hora de que las cosas se hagan de otra manera en ese mejunje de ideas y banderas que llamamos España. Y también, en medio de un desolador panorama educativo (tan sólo 6000 estudiantes universitarios en 1858), hay profesores universitarios. Uno de ellos es Emilio Castelar, catedrático de historia, que alterna sus funciones en la universidad con sus actuaciones políticas y periodísticas. Y es precisamente utilizando el periodismo como lanza un duro ataque contra la medida del gobierno de Narváez, en un artículo que titula “El Rasgo”. Como veis, los nombres de las Calles de Madrid son auténticas páginas de historia de esas mismas calles.

Al que luego dio nombre a la calle Narváez no le gustó ni un poquito que se le rebelaran. Como no tiene Internet que cerrar o Facebook que censurar, obliga al rector a destituir al amigo Castelar de su cátedra y dicta prisión para él. El rector se niega y también es destituido. Pero el fuego no se apaga. Si en la Plaza Tahrir había móviles y redes sociales, nuestros tatarabuelos no eran tontos. Una octavilla repartida en la calle era un tuit, una página de facebook era una reunión en la tertulia de cualquier café de los Madriles, y una consigna al oído era un hashtag. Y la flashmob era ir a cantar una serenata a la Puerta del Sol para protestar por la ley del 25%, que se ha votado ya en el Congreso. Y así se hace el día 7 de abril. No se trata sólo de redes sociales, de octavillas, de periódicos, de que hubiera internet. Se trata de la injusticia. Eso convoca a la gente. Lo demás son tan sólo herramientas.

Pero Narváez está dispuesto a no arrugarse, a subir la apuesta. Como tantos otros lo hicieron, lo hacen o lo harán. En el Egipto de la Plaza Tahrir de 2011 o en el Madrid de la Puerta del Sol de 1865. El gobierno dicta un decreto con la suspensión de los derechos constitucionales, la deportación interna de personas no afines, la instauración de la Ley Marcial y la censura de prensa. El día 10 de abril de 1865, el nuevo rector de la universidad, un conocido ultracatólico, jura su cargo ante la reina. La noticia hace que se convoque una nueva serenata. Desde los barrios del exterior, una multitud se dirige a la Puerta del Sol. Les esperan 1000 hombres armados. Unidades de la Guardia Civil y del Ejército, incluida caballería. Aquello no es precisamente un encuentro igualado. Al menos 12 personas mueren (hasta 80 lo elevan algunas fuentes) y hay centenares de heridos, algunos muy graves. Hay cargas a caballo y bayonetas caladas. Goya se habría revuelto en su tumba pensando que habían vuelto los franchutes a Madrid.

Las consecuencias son lentejas. La ley es aprobada y se silencia a la oposición. De nada sirve que varios periódicos salgan con la portada en blanco como protesta por la matanza o que el Senado algunos políticos alcen su voz contra Narváez. De nada o de todo. Porque a partir de ese momento, de la “Noche de San Daniel” o de la “Noche del Matadero”, como titulan algunos periodistas en privado, Madrid ha dejado de ser Isabelino, casi desde el primero al último madrileño, salvo aquellos que siguen abonados al bolsillo de la Reina. Y tan sólo 3 años después, España también tuvo su 68 e Isabel cogió las de Villadiego, o más bien las de París. Y en el 73, después de la Gaseosa de experimento que supuso Amadeo, se proclama la Primera República, a cuya Presidencia del Gobierno terminará por llegar Castelar.

Así que la Puerta del Sol es no sólo la Plaza de las Campanadas, del Corte Inglés de Sol, de Doña Manolita o de quedamos en la Mallorquina. No sólo el Kilómetro 0 o el anuncio de Tío Pepe. Es el sitio donde una Noche de San Daniel de unos años 60, una docena de madrileños murieron por decir “Basta”. La Puerta del Sol es también mi Plaza Tahrir.

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