Lavadoras

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Hace unas semanas, Cristina Sorian (@Cris_33 en el Patio), me pidió una colaboración para el proyecto Ellas 2.0. Según sus propias palabras,

Ellas 2.0 es una comunidad que nace con el objetivo de impulsar a las mujeres en la creación de negocios de base tecnológica. Nuestra misión es ser catalizadoras del cambio social, movilizando, dotando de visibilidad y proporcionando el soporte y los recursos necesarios a una potente red de mujeres emprendedoras que entienden la independencia económica y la tecnología como herramientas fundamentales para alcanzar la realización personal y profesional y hacer del mundo un lugar mejor.

No dejéis de visitar la página. Es sumamente interesante. Gracias desde aquí a Cristina y sus compañeras por pensar en mi y por llevar a cabo un proyecto tan interesante y necesario. Muchas suerte en vuestro viaje.

Después de la respuesta afirmativa (un placer, por otro lado), me puse a pensar en algo que pudiera unir Mujeres y Tecnología. Y me dio por pensar en… Lavadoras.

Tenía pocos años, y la cocina de mi casa me parecía el laboratorio de la Nasa. Aquella rueda de la lavadora me parecía una maravilla que pensaba nunca podría dominar. Temperaturas, colores, tiempos… eran conceptos que me  parecían sacados de los tebeos de Ciencia Ficción. Para mi, mi madre debía de superar los conocimientos de todos los que conocía, por que lo manejaba con una soltura prodigiosa. Y luego estaba aquel “Robot”, que me hizo cambiar la imagen que tenía de la palabra, una especie de lata de galletas con brazos y piernas y luces en la cabeza. Ahora era una maravilla que batía huevos y masas y me hacía subirme a la silla para contemplar como giraban en un vaso gigantesco de metal, para con el tiempo y el horno terminar convertidos en un bizcocho que sabía a gloria con el Colacao. Definitivamente, la científico era mi madre.

Tarde tiempo en comprender que todos aquellos aparatos no eran exactamente lo que yo pensaba en un principio. Y que mi madre no se tiraba en la cocina tantas horas por que su uso fuera complicado o por investigar nuevas fórmulas de uso, sino porque eramos seis en la familia y ella era prácticamente la única que curraba en ocuparse de darnos de comer, lavar nuestra ropa o fregar los platos que comida tras comida manchábamos. Tarde demasiado tiempo en comprender que aquella tecnología era tan sólo una especia de cadena de oro para que siguiera atada a “sus labores”. Cierto es que facilitaba en ocasiones su trabajo diario, y le devolvía algo de tiempo de descanso. Pero la verdadera solución, el hecho de que todos, empezando por su marido, hubieran hecho parte de esa labor, compartido esa “tecnología”, no terminó nunca por llegar, más allá de poner la mesa, hacer alguna cama o fregar algún día de la Madre.

La “otra” tecnología, estaba reservada al resto de nosotros. En la TV se ponía mayormente lo que decía el viejo, y luego nosotros. El coche era propiedad indiscutible del hombre de la casa, y cualquier inversión en los primeros ordenadores era pensando en nosotros. Jamás un walkman, un tocadiscos o una calculadora de bolsillo entró en casa con destino mi madre. Y los científicos, los astronautas, los pílotos, y hasta los espías, eran hombres, como James Bond y su Aston Martin lleno de aparatos. Eso sí, Corberó seguía anunciando maravillosas lavadoras que hacían más fácil el trabajo de las amas de casa. Una vez mi hermana pequeña le preguntó a mi madre por que las llamaban “amas de casa” si en realidad quien era el amo era Papá.

Ahora, Papá soy yo. Mi hija no tiene ni idea de como funciona la lavadora, pero si maneja estupendamente bien el ordenador, sus programas y las redes sociales que la conectan con el mundo a través de una cosa llamada Internet. Dudo mucho que la fascine el funcionamiento de la lavadora, aunque creo que sabe usar el microondas razonablemente bien para calentarse la pizza. Mi mujer tiene cuenta en Twitter, facebook y oye música por Spotify. La consola de videojuegos la utilizamos a medias y solemos buscar películas para ver en el televisor que nos gusten a los dos, alternando las de terror con las de Billy Wilder y con alguna de las de no pensar demasiado. Maneja las cuentas de la familía a través de internet, y es ella la que se ha regalado un destornillador electrónico para las pequeñas chapuzas. Yo odio el bricolaje. También tiene un blog, aunque últimamente no lo usa demasiado. Y su gran afición a la lectura se ve reflejada en la cantidad de libros que están cargados en su e-reader. Aunque queda mucho por hacer, aunque aún hay que conseguir que la tecnología no tenga ese marchamo de sexismo que tenía, las cosas han cambiado.

Y una de las cosas que aún debe cambiar, es que yo deje de seguir maravillado por el funcionamiento de esa rueda de la lavadora, sus programas, sus temperaturas y sus colores, y confiese que, si soy capaz de manejar con cierta soltura un ordenador, un smartphone o el mando de una televisión, soy perfectamente capaz de poner una lavadora y ser, por una vez, tan tecnológicamente avanzado como lo era mi madre.

Categorías:Desde esta parte del Patio, Erase una vez, Nosotros podemos, Pásate por aqui, TerceraEtiquetas: , , , ,

4 Comments

  1. Pues así es Adolfo, imagina 100 años atrás como debía ser. Las mujeres son admirables, y yo si volviera a nacer, me gustaría ser una de ellas.
    A ver si la sociedad avanza hasta el punto de comprender que no somos distintos somos complementarios.
    Slds

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  2. Juana

    Como dice mi amigo Iñaki (@goroji) tarde o temprano superaremos los genes de la “Mona Chita” jajajaja y nos haremos complementarios, como bien indica @alamustia ….
    A mi me encanta ver dar vueltas a la lavadora …. y no sé porqué jeje

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