Miradas

Recordaba su olor. Olor a piel limpia y unas gotas de colonia. Olor a pelo recién lavado. Olor a mañana fresca, de esas del rostro al aire y caminar deprisa para llegar a cubierto, pero con el sol saliendo para susurrar: “luego siéntate, que te caliento”. Recordaba su voz, bailando entre el resto. La voz que le decía buenos días y le dibujaba sonrisas. La voz que oía recitar a Neruda y cantar canciones de Victor Jara con una guitarra que él suponía usada pero feliz de estar entre sus manos.

Y recordaba jugar a esconderse sin saber si se escondía. Recordaba jugar con palabras y dictar cartas que nunca terminaba de mandar. Recordaba charlar con los amigos para que describieran reflejos en su pelo. El nunca la vio, pero podría jurar que nadie  la había podido mirar como él la imaginaba.

Recordaba haberse marchado lejos de su risa, de su olor.

Con los años, llegó una operación. Él, que no había visto nunca amaneceres, se levantó durante un año sólo para hartarse de ellos. Caminaba como un niño recogiendo cromos de colores. El reflejo de la luz en la ventana. Una tarde siguiendo el movimiento de los árboles al viento. El color de una mancha de tomate sobre una camiseta blanca. Se fue acostumbrando poco a poco, pero aún cerraba los ojos muchas noches y miraba a la antigua manera al mundo. Y en muchas de esas oscuridades, volvio a recordar su risa.

Viajes. Recordaba el camino de vuelta, pero tuvo que cerrar los ojos para recordar el olor a jazmín de la que fue su casa. Y encontró el camino al colegio antiguo por las risas de los niños que una vez fueron las suyas. Eran sus calles y sin embargo las veía por primera vez. Busco sin éxito el rastro del olor de su piel limpia, el eco de de su risa por aquellas calles. Hasta que oyó su voz en un banco de la plaza que el había soñado como grandiosa hasta que la vio en ese viaje de vuelta y a la vez primero.

Y sin embargo era un banco pequeño, en una plaza pequeña, en un pueblo pequeño. Pero ella parecía gigantesca. No parecía haberse dado cuenta de su presencia, así que se permitió la aventura de mirarla sin ser visto, y le vino a la mente el primer amanecer que vieron sus ojos reformados. El pelo del olor a limpio cayendo descuidado sobre el hombro, los labios que recitaban a Neruda sonriendo con la curva suficiente. Las manos apoyadas y a la vez inquietas.

Y un “Hola, ¿te acuerdas?”. Y un “Perdona… pero no puedo verte”. Y una historia dura y breve. De cristales rotos, de ojos muertos, de oscuridades, de tristezas. El viajaba de vuelta de donde ella había ido. La vida da tantas vueltas que al final se rompe. Y la mitad de los recuerdos de uno y la mitad de los recuerdos de otra se juntaron en los cinco sentidos para hablar de viejos tiempos. Ella le contaba miradas antiguas y el le traía olores nuevos. Si el recordaba un sabor, ella colocaba un color encima.

No sabe o no quiere el narrador narrar cuantos viajes habrá, cuantos bancos y charlas discurrirán tranquilas en es plaza pequeña de ese pueblo pequeño, de esas vidas pequeñas. Pero si puede contar que aquella tarde de abril, él volvió a cerrar los ojos y le pidió sus manos. Ella las llevó palpando el aire hasta encontrarlas.

Y entonces, por primera vez, se vieron.

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3 Comments

  1. Poder mirar en el corazón de una persona sin necesidad de verla, que maravilla sensación.
    Sentir que conoces a una persona sin ni siquiera haber hablado cara a cara con ella.
    Sensaciones que solo podemos tener si somos capaces de ver mas allá de nuestros ojos.
    Precioso relato maestro. Un abrazo.

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  2. Dori

    Me ha encantado este relato, lo he leído con mucha avidez, pues tenía muchos detalles repetidos, antes escritos y soñados por mí.
    Eso demuestra que todo está hecho, que los pensamientos no son ni nuestros; que miradas fue el título de uno de mis relatos y que ojos muertos y cristales rotos, habrán muchos, siempre!! ¡Gracias a Dios! que dirian algunos…

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