Sissito

Rodolfo de Habsburgo y la baronesa Mary Vetsera

En mi barrio, hace ya muchos años, el hecho de que te relacionaran, de una manera u otra, con Sissi, era casi motivo de exclusión social. Al menos, durante la tarde en la que sucediera tal catástrofe. Y tampoco era tal difícil caer en ese deshonor delante de los miembros masculinos de la pandilla. Las películas sobre las peripecias de la Emperatriz Austriaca eran habituales en las interminables tardes de sábado de la infancia, había un tebeo “para niñas” llamado Sissi, e incluso se te podía escapar, en una de aquellas primeras conversaciones sobre el sexo contrario, que Romy Schneider era bastante guapa. El caso es que cuando Sabina cantó, pocos años más tarde, aquello de “Las niñas ya no quieren ser princesas”, casi todos sabíamos perfectamente a que princesas se refería la letra, porque todas las niñas, al menos las de aquel barrio, lo que querían ser era Sissi, y por eso era casi obligatorio distanciarse del personaje para aquellos personajes tan “hombres” que pretendiamos ser, aunque luego viéramos de pe a pa las películas, cogiéramos de vez en cuando los tebeos a nuestras hermanas o, como no, tuviéramos a Romy Schneider como una mujer bastante guapa.

Sin embargo, puede que fuera cierto aquello de que la niñas dejaron de querer ser princesas. Y es que todo lo relacionado con aquella mujer tiende al gris que es cosa mala. Ella misma se encontraba bastante alejada de la imagen que de ella se daba en aquellas películas de tarde de fin de semana. Controvertida, culta, pelín desvariada, quizás insoportable y llena de manías, tuvo que sufrir de lo lindo a pesar de su posición antes de que un imbécil la atravesará el corazón cuando ni siquiera ella era su principal objetivo terrorista. Romy Schneider, aquella vienesa que la inmortalizó en el cine, tampoco anduvo a la zaga, atormentada por la muerte de su hijo, y abocada, entre pitos, lágrimas y flautas, a acabar sus días prematuramente.

Así que puede que el tipo al que apodo Sissito en el título, que no es otro que el ansiado varón que esperaban los austriacos, Rodolfo de Habsburgo, heredero al trono imperial de su padre Francisco José, también estuviera imbuido en cierta forma de ese halo trágico que rodeaba a su madre.

Y es que, a pesar de la educación recibida por parte de su autoritario padre, Rodolfo no era precisamente el modelo de príncipe que los austriacos de aquella época hubieran querido tener.  Dicen las crónicas de él que poseía la belleza de su madre, pero también su carácter caprichoso y rebelde. Si papá Paco Pepe era tradicionalista, el salio por peteneras, liberal y anticlerical. Y explorador de aventuras amorosas tanto en palacios como en prostíbulos, que no le hacía ascos al sitio si la compañía le resultaba satisfactoria. Le habían casado en plan “mantengamos las formas” con Estefanía de Bélgica, pero el matrimonio no es que fuera un modelo. Tuvieron en común una hija, y una enfermedad venérea que nuestro amigo contagio a su esposa, dejándola estéril a ella y con una cara de cabreo a toda la corte, emperador incluido, de no te menees.

Consecuencia también de aquella enfermedad, Sissito comenzó a sufrir de estupendas migrañas y fabulosas depresiones, como sólo los príncipes tienen. Para añadir a la lista de sus virtudes, digamos que Rodolfo era lo que hoy llamaríamos “Gótico”, y le placía bastante acompañarse de objetos tétricos como calaveras, ataudes, cuervos y demás parafernalia. Si juntamos todos los ingredientes, mezclamos bien y servimos… efectivamente, el resultado fue que el chaval, lejos de pertenecer al sector “príncipes que rescatan damas”, se afilió al de “príncipes que se quieren pegar un tiro”.

Y así, el 29 de enero de 1889, Rodolfo se juntó con la baronesa Mary Vetseva, de 17 años (él tenía ya 30), con la solemne intención de largarse al otro barrio. Y lo consiguieron, aunque en el aspecto del método hay aún bastantes lagunas, a pesar del tiempo transcurrido. Hay elementos que indican que, efectivamente, Sissito primero le franqueó la puerta al lado oscuro a Mary por medio de un disparo y luego la cruzó él, y otros indicios que apuntan a la intervención de terceras personas, junto con truculentas historias de conspiraciones de estado, intentos de tomar el poder o evitar que se tomase, dependiendo de que lado fuera la fuente. Todas ellas, las historias, dignas del mejor folletín del XIX o película del XX-XXI, que para gustos los colores.

El caso es que al final, Sissito consiguió lo que parecía querer. Como se dice, vivió rápido, murió joven y dejó un bonito cadáver. Y yo añado que pudo ser, perfectamente, la versión masculina y austriaca del verso de una canción que diría algo así como que “los niños ya no quieren ser príncipes”

 

 

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3 Comments

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