Y entonces se cayó una m con sabor a sal

Se subía a la azotea de la casa a última hora de la tarde, cuando el calor empezaba a decaer y la sombra de alguno de los edificios cercanos más altos le permitía refugiarse en sus sombras. Refugio era la palabra más importante de su vida. Refugio del sol, de las balas perdidas, de la guerra, del odio. Refugio en una ciudad arrasada por todo ello.

Por las mañanas, lo más temprano posible, salía a intentar conseguir algo de comida u objetos con los que en otros días pudiera obtenerla mediante trueque. Lo cambiaba todo. El reloj que había logrado reparar por un trozo de carne, la antigua calculadora de su padre, la primera que había llegado al colegio, por un pedazo de pan. Lo cambiaba todo. Todo menos los libros. Aquellos que habitaban, imperturbables, las estanterías del salón de su casa, ajenos a todo lo exterior, fuera de odios, guerras o balazos al doblar cualquier esquina. Los libros no podía cambiarlos, porque aún más que esas paredes que lo protegían de la guerra, ellos le protegían de la realidad.

Con ellos subía a la azotea cada tarde, con ellos olvidaba, con ellos deseaba, sonreía, viajaba, conocía. Eran sus amigos, sus compañeros en aquella locura de ciudad, de vida, de guerra.

Aquella tarde se había subido Moby Dick, de Melville, y estaba deseoso de comenzar una nueva aventura. Se acomodó en el rincón donde solía hacerlo y comenzó a leer: Mi nombre es Ismael. Hace unos años, encontrándome sin apenas dinero, se me ocurrió embarcarme y ver mundo. Pero no como pasajero, sino como tripulante, como simple marinero de proa… 

Como siempre le ocurría, a los pocos minutos ya estaba absorto en la lectura. Al cabo de unas horas, como hacía tantas veces, en un juego de esos un poco absurdos que hacemos todos a veces, y para desentumecer los brazos, se tumbó en el suelo y se colocó el libro abierto sobre el rostro, un poco también por evitar tener que observar las columnas de humo que seguramente se alzarían alrededor de la casa provenientes de los incendios provocados por la artillería de unos u otros.

Y entonces se cayó una “m” con sabor a sal al interior de su boca. Sobresaltado, se mordió los labios sin saber muy bien que había pasado y aparto el libro aún abierto que, por causa del movimiento, soltó una “a” y una “r” que completaron el “mar” que ahora golpeó y mojó con fuerza todo su rostro y hasta la camiseta. Mucho más fascinado que asustado, volvió a zarandear el libro y a ver como caían palabras como “barco”, “olas”, “arpón” o “Ahab”. Y entonces dejaron de caer, porque se encontró de repente en la cubierta de un ballenero que, con absoluta certeza, llevaba el nombre de Pequod e iba a la caza de una ballena blanca. A su alrededor, un mar inmenso, sin incendios, disparos o guerras. Tan sólo un barco surcando el mar con el mismo sabor a sal de la “m” que le había caído en la boca. Así que sonrió. ¿Que otra cosa podía hacer?

El cañonazo había tenido dos efectos simultáneos. De una parte, había impactado en la planta baja de la casa, destrozado la biblioteca y lanzando libros en todas las direcciones posibles de las calles adyacentes. La metralla producida, por otra parte, había acabado de manera inmediata con la vida del único habitante de la casa, de la triste pero indolora manera de pasar a través de su cabeza. Lo de indolora se deduce de la rapidez de la muerte, sin aviso ninguno ni posibilidad, por tanto, de miedo o angustia, y de su semblante, que según dicen quienes le sacaron de los escombros, portaba una enorme sonrisa, además de la no demasiado normal circunstancia de tener todo el cuerpo empapado.

Y si atendemos a las palabras de uno de ellos, el más viajado de todos, con un fuerte olor a mar que no tendría ninguna explicación en aquella ciudad tan alejada de olas, playas, puertos, barcos o, porque no decirlo, de ballenas blancas.

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