El cartero no tiene quien le escriba (II)

(viene de la primera parte)

Así que tampoco nos debe sorprender que Cefe, un día, decidiera probar a que saben los besos escritos y las caricias en frase, y en una esquina, una tarde de julio, abriera con dedos temblorosos, de pillín de escuela, de voyeur primerizo, una de las cartas que llevaba. Matasellos de Oviedo y dirigida a Isabel, la chica de los Cepeda. Él la había conocido hace unos meses, a raíz de un viaje a Madrid donde ambos habían coincidido en la Cibeles, y ella había aceptado primero su guía por el Barrio de las letras, luego un chocolate con churros en el Brillante, y más tarde un apasionado encuentro a beso limpio en un banco de El Retiro. Ahora planeaban volver a Madrid cuando pudieran, si pudiera ser más a un Hostal cerca de Atocha, para que lo último en hacer fuera el desayuno. Con cuidado y pegamento, volvió a recomponer la carta y terminó el reparto. Aquella fue la primera vez, y se sintió un poco mago de los cuentos, de esos de los miles de secretos, aunque estos sólo fueran besos, hostales y unos churros.

Pasó menos de una semana cuando abrió otra carta, y ni dos días para la siguiente. Al cabo de los meses, era el guardián secreto de unos cuantos centenares de versos inquietos en frases de papel y tinta. Pasiones que con principio, nudo y desenlace a veces, él observaba oculto en esquinas del pueblo resguardadas de otras miradas que no fueran las que él mismo echaba a las vidas de la gente del pueblo. Nunca pretendió más que ser observador, vigilante silencioso de abrazos y encuentros ajenos, mirón sin más intenciones que tapar misiva a misiva, el agujero de su propia soledad amorosa.

Un día, atareado en su habitual misión de vigilancia, encontró un adiós. Pero no un adiós de estación, con vapor y carrera, y último beso y manos que se terminan de agarrar. No. Era un adiós desgarrado, cruel, de tiro de gracia. Observador como había sido de la relación de María, objeto de la despedida, una chica guapa, morena de pelo rizado y sentimientos lisos, y de Jaime, el francotirador del adiós de la carta, un chico del pueblo más cercano por la carretera de la Ermita, sin más luces que las que pudiera encender al entrar en una habitación, pero simpático y hasta esa carta, muy atento, Cefe no pudo hacer entrega de ella. Se la llevó a su casa, la colocó en la mesilla del cuarto de estar, abierta, y estuvo mirándola durante horas, como si con ello pudiera hacer que las palabras, puntos, comas y acentos se pudieran levantar en el aire por arte de magia y volver a colocarse para formar un mensaje distinto.

Pero tras mucha observación y mucho más pensamiento, lo que terminó por hacer fue coger un bolígrafo y una hoja de papel y practicar para simular lo mejor posible la letra del chico del pueblo de al lado. Practicó durante horas hasta que logró una imitación que le pareciese lo bastante fiable. Y entonces limó frases, tornó sentidos, malversó informaciones, suavizó adioses. Dejo posibles donde había muros, escribió mentiras para endulzar verdades y verdades para sugerir mentiras. Aprovechándose de toda la información acumulada en su carrera de espía de andar por pueblo, no dejó ningún cabo sin atar, limitando el riesgo de ser descubierto al mínimo posible. Aún así, temblaba como un crío cuando empujo el sobre por la abertura del buzón de la moza objetivo del engaño del cartero y de la despedida del zagal.

(por aquí se va al final)

 

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