El cartero no tiene quien le escriba (y III)

(viene de la segunda parte)

Durante las semanas siguientes, Cefe anduvo mosca todo el día, imaginando posibles desenlaces de su aventura, a cual más pesimista y truculento. Se imaginó señalado por cualquiera  de los dos amantes, y expulsado del pueblo por mirón, cotilla y mal cartero. Ni siquiera se atrevió a ejercer su labor de apertura y visionado de las cartas, del miedo y nerviosismo acumulado. Estaba convencido de que en cualquier momento aparecerían Jaime o María por la oficina de Correos y descubrirían su mentira.

Pero no ocurrió. María, observada por Cefe con detenimiento durante esas semanas, tras unos días de ojeras claramente causadas por las lágrimas y de salir de casa lo justito, reanudó su vida más o menos con normalidad, y no pasaron ni 15 días cuando un chaval moreno, alto y con ganas de ver que escondían sus labios empezó a hacerse el encontradizo con ella por las calles que frecuentaba. Nuestro cartero respiro con la felicidad de quién se quita un peso de encima. Y lejos de amedrentarse por el incidente, encontró en él su verdadera vocación.

Cefe se convirtió en una especie de Gran Hermano que observaba todo desde su ir y venir en bicicleta. Pero además de observar, dejaba pequeños destellos de pequeña magia en los papeles que circulaban por sus manos. Pequeños hechizos en forma de añadidos a veces, de párrafos si se necesitaba, o incluso de cartas enteras si se terciaba. ¿Que Ramón e Ines no se decidían a seguir lo iniciado en el pajar la noche de la hoguera? Pues allí andaba Cefe empujando con un verso suelto en medio de una carta, una insinuación en otra y un “te quiero”  con toda la intención en la de más allá. Y Ramón e Ines por el tercer hijo y la segunda casa en quince años. ¿Que andaba la Patro con el alma en vilo por el hijo en Madrid, sin trabajo, con pocos años, demasiadas mozas y sin escribir para contarlo? Pues allá que Cefe el mago comprometía amigos de profesión o mili donde hiciera falta, procuraba trabajo al hijo y noticias a la madre.

Tan pronto suavizaba tristezas como adelantaba alegrías. Trabajó de Cupido, Mensajero, Poeta, Periodista… Todas las escrituras eran copiadas con mimo y todas las personas eran iguales antes sus hechizos manuscritos. Hasta que llegó, o fue llegando, el tiempo de las pantallas y las cartas invisibles. Hasta que se fue convirtiendo en mero transportista de facturas y folletos de venta de jabones, jamones y mermeladas en oferta. Hasta que el mundo se hizo más pequeño y Cefe también, reducido poco a poco a ser sólo cartero y nada mago.

Y ahora, sentado en la terraza del bar, recuerda aquellos tiempos con añoranza. Pero no puede perderse en los recuerdos, que hay tarea. Así que acaba el café, deja el euro y medio de la cuenta, y cerrando su libreta llena de arrobas, “.com” y notas con observaciones sobre sus paisanos, se encamina hacia su casa, donde su sobrino Pepe le acaba de instalar un nuevo ordenador y un nuevo programa de correo. Sonríe pensando porque no inventaron antes esto de los ordenadores, que ni imitar escrituras hace falta, ni repechos en bici ni pegamentos en sobres. Y se va para su casa pensando en como elaborar un hechizo de email para que la Reme, la hija, deje de tener esa cara de triste y se acerque a Jacinto, que se va a dar un día con la frente en la esquina donde se esconde para observarla.

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