De mirar un reloj

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Es un dios del tiempo pequeñito, de los de empezar con “d” minúscula. Un diosecillo de regional, nada de ligas de primera o champions. Un duende del tiempo de segundos, poca cosa. Quizás a veces medio minuto, pero poco más. Tan pequeño y antiguo que ni siquiera recuerda a que mitología pertenece. Puede que griega, nórdica, romana… celta, quizás. Nada que haga que su magia no se confunda con casualidades, azares, pequeñas coincidencias.

Es un dios del tiempo de parar un poco la mañana de domingo, mientras el café está caliente y la gente se ha dejado las prisas en la cama. Capaz de hacer lentos los minutos de un primer rayo de luz de mayo, o de jugar con el silencio y que nos llegue la risa de un niño jugando con una bicicleta. A veces puede parar lo justo, lo justo, para que la vecina del tercero, que tiene a su madre de no muy buen entendimiento, la pille una sonrisa leve pero de las de siempre, de las de cuando la hija no hacia de madre ni la madre de fantasma.

Es un dios del tiempo de que caigan menos granos de arena cuando pasas los dedos por su pelo, cuando la miras sin que se de cuenta, cuando la besas sin monotonía, no porque llegue o se vaya, sino simplemente porque está. El que acompasa los silencios cuando no hace falta hablar, el duende que consigue una caricia sin querer, el que a veces descoloca para que todo parezca colocado. El de las risas sin importancia, el de mirar en una fiesta donde anda, y pensar que si no la conocieras, andarías esos metros y la dirías que de donde ha sacado esos ojazos, y que si un café mañana puede ser.

Es un dios pequeñito y cotidiano. De mínimos poderes. Nada de rayos ni oleajes. Tan sólo que aparezca en la memoria el rostro de un amigo, ese que te hace falta ver. Capaz, eso si, de agotar las dos primeras y que a la siguiente invites tú, y puede hacer que se borren las arrugas, y que tengas delante al que hizo amanecer Madrid contigo, y que los años se escondan, y que los Dire Straits suenen, y los dos terminéis al mismo tiempo la canción. No puede hacer victorias las derrotas, pero si que duelan menos y más lejos. No puede hacer volver lo ya perdido, pero puede hacerte ver que lo mismo merece la pena pelear.

Es un dios del tiempo pequeñito. De los que no te escriben las novelas, pero que te hace girar la mirada hacia un reloj, y que sin saber cómo, te encuentres escribiendo sobre él.

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