Cajas Negras

Adolfo Octubre 1492 c66

Puede que no fuera mala idea que todos llevásemos una caja negra personal. Que nuestras emociones y pensamientos se fueran grabando en un soporte que pudiéramos abrir en cualquier momento para analizarlo. Emociones y pensamientos en bruto, sin refinar, sin pasar por filtros de educación o situación, de moral, de ética. O puede que no sea buena idea. Puede que no estemos preparados para ver ese tipo de cosas así a lo bravo, o quizás no lo estemos para que lo vea nadie.

El tren de Santiago, sin embargo, si estaba obligado a llevarla. Hoy se va a abrir. Y soltara sus datos fríos, numéricos, a este país caliente.  Y proveerá de municiones a nuestras trincheras. Y en esta ocasión sería una de esas en las que me gustaría tener una caja negra personal. Una que me dijera lo que he sentido, lo que he pensado, lo que he visto. Y me lo desgranara y mostrara colocado, simplificado, procesado.

Que me mostrara yendo al ordenador desde el salón en el descanso de un partido de pretemporada del Madrid, y me mostrara la primera impresión al leer un tuit donde alguien hablaba de un accidente de tren en Santiago de Compostela, con una cifra inicial de 12 muertos. Y como esa cifra se iba repitiendo y aumentando en los distintos medios. 12, 18, 20, 36… Y el silencio. Y el horror.  El silencio de contemplar algo tan cercano a todos nosotros como la muerte, y el horror de nombrarla tan al lado. No es algo lógico lo que nos calla en esos momentos. No nos callan las mismas muertes a miles de kilómetros en guerras olvidadas, o en hambres más olvidadas todavía. Nos callan muertes así, muertes nuestras porque suenan cerca. Algo tan cotidiano como un tren. Tan cercano como Galicia. Demasiado cerca suena. Y callas. Y piensas.

Y para el silencio necesitamos ayudar. Un tuit, un abrazo, un ánimo, un indicar donde hay que donar sangre, donde hay información. Nos colocamos en el lugar del otro porque la cercanía de la muerte nos iguala a todos. No íbamos todos en el tren de Santiago, pero no es difícil que casi todos pudiéramos haber ido. No somos todos gallegos, pero el dolor no tiene lugar de nacimiento. Ni el tender la mano. Ni el miedo que a todos nos iguala de dejar este mundo de manera tan absurda. Siempre demasiado pronto.

Y para el silencio necesitamos pruebas. Datos que callen esa voz interior que nuestra caja negra registra pero que nunca solemos dar salida. Que nos digan que todo esto tiene una razón, un culpable, un castigo. Que 79 personas no han muerto porque sí, de repente, en 10 segundos, de todo a nada. Si no hay respuestas, el silencio grita demasiado. Necesitamos errores, fallos, problemas. Alguien a quien señalar con el dedo. El tiempo que pasa entre nuestra solidaridad, nuestro deseo de ayudar, nuestra mano abierta y el cerrar esa mano en un puño o sacar un dedo para acusar, nos define como personas. El tiempo que pasa entre compartir el dolor y querer causar ese dolor a otro es un valor moral. Un valor moral que se reduce a cero si añadimos que ese dolor que queremos causar no lo queremos solo sobre el culpable, si no también contra el que vemos como enemigo. O si queremos provocar ese dolor a un fácil culpable por la sencilla razón de que así duele menos. El tiempo que pasa entre que las víctimas nos importan y que comenzamos a usarlas como piedra arrojadiza es un número que todos deberíamos mirar.

Mi caja negra ha registrado muchas cosas en estos días desde el accidente. Ha grabado lo bueno y lo malo. Ha comprobado que se tiende la mano y la vida al otro para salvar la suya. Que se corre, se suda, se llora y se siente hacia, como, hasta el dolor ajeno en la medida de no ser quién ha sufrido la tragedia. Que aún sabemos estar ahí, abrazar y callar, permanecer y sentir.

Y también he registrado cosas en mi caja negra que me dan miedo, y asco. Nunca he investigado un accidente de tren, pero me he dado cuenta que vivo entre especialistas en trenes. Entre cientos de ellos. Tan buenos, tan profesionales, que no tardan ni un par de días en tener la solución del enigma que supone una tragedia del nivel de la de Santiago. Y da igual cual haya sido esa solución, porque llega un momento en que no importa esa solución en sí, si no defender la propia ante el contrario. Y se olvidan datos, se silencian situaciones, se obvian voces. El caso no es encontrar la razón, si no tenerla. He observado hasta que punto esto se multiplica en los medios de comunicación, haciendo, obligando a que nos tengamos que convertir en periodistas cada uno de sus lectores, buscando información entre opinión, datos entre conjeturas, maniatados a pensar en cada una de sus noticias la razón de porque son dirigidas, la lógica interna de hacia donde quieren que miremos. No en busca de la verdad, si no en dirección de la verdad que por alguna razón les interesa. No son medios de información, si no medios de opinión, encaramados cada uno en la colina que supone asegurar que su moral y ética son superiores, mejores, casi únicas en su bondad. No responden a las preguntas, generan las respuestas adecuadas.

Y mientras tanto, mientras discutimos, mientras importa la batalla, la guerra, la victoria, las víctimas siguen dando vueltas, sufriendo. Y los gritos de quien ya no las considera si no balas ahoga su ensordecedor silencio.

 

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3 Comments

  1. Hola Adolfo,
    Soy Carmen, Carmengilda1, y es la primera, y seguro que no la última, que te escribo por aquí, me ha encantado, me ha emocionado, me ha llegado, me ha….mil y una cosas.

    Estoy a tus pies 😉

    Muchos besitos de esta maña, amante del cine, como tú 😉

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  2. es imposible que, ante una tragedia de este tipo, la gente, pero sobre todo las víctimas (las propias, los amigos o los familiares) quieren respuestas rápidas y un culpable con nombre y apellidos. Eso, como digo, es normal, pero el resto del mundo, todos nosotros, deberíamos guardar silencio y esperar a tener todos los datos y cruzar los dedos para que se haga justicia de verdad y estemos cada vez más lejos de repetir un accidente de este tipo.

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