Y una estación

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A Sofía el tema le venía desde lejos, habida cuenta que su madre la había llamado Sofía cuando, estando embarazada de ella, se había imaginado una aventura con un griego -o al menos eso le había parecido a ella- que viajó dos asientos más atrás en un autocar a Gandía, un verano de esos que siempre quedan lejos. No cruzó ni una palabra con él y apenas un par de miradas, pero en su sueño, terminaban viviendo en una isla griega de nombre terminado en kakis y navegando cada día hacia el horizonte, dejando a babor siempre la costa repleta de pueblos blancos. A su marido -de hecho el padre de Sofía-, que la esperaba en la estación de autobuses, sólo le dijo que acababa de decidir el nombre de lo que habría de venir. Si era niño, Andreas, y si era niña, Sofía. Él, que había aprendido a saber, según decía las cosas, cuando era mejor recular y no discutir demasiado, tan sólo le cogió la maleta, le dio un beso y le dijo que estaba loca, que le parecía bien y que nunca dejase de estarlo.

Teniendo semejantes antecedentes familiares, no es de extrañar que Sofía saliese soñadora. Soñadora de dejar volar la mente, soñadora despierta, de ver a un hombre con flores y terminar imaginándose en el bautizo del niño que iba a tener con la mujer a la que iban destinadas las flores. Soñadora de pasarse su estación por seguir a una muchacha que parecía triste en el asiento de enfrente, y no darse cuenta de ni donde estaba imaginando que el chico de la camisa a rayas dos viajeros a la izquierda, que también la miraba, iba a acercarse a ella para preguntarla el transbordo hacia Tribunal, y de paso para decirla que no era cuestión de ver tristes unos ojos tan inmensos.

Sin embargo, Sofía terminó dándose cuenta de que soñar tanto tenía sus inconvenientes, y de que no estaba mal dejar que la mente volase, pero sin que los pies dejasen de tocar el suelo. A caídas descubrió que hay ciertas cosas que es mejor sentir y no soñar, que un beso no es un contrato sobre lo que sueñas al besar, y que un chico de Albacete, por mucho que se de un aire a Cary Grant, no tiene porque ser un caballero ni luchar por ti más de lo que lo va a hacer por la muy arpía y escotada rubia que tú pensabas que era tu mejor amiga. Y que el trabajo no se acaba por soñarlo, y que el autobús no llega antes porque tú imagines que lo haga, y que la realidad, la muy puñetera, te da ostias a casi la misma velocidad que tú intentas escaparte soñando con volar con Robert Redford sobre una granja en África.

Al principio, intentó moderar algo el asunto escribiendo. Llenó cuadernos y cuadernos de cuentos, relatos y simples descripciones de lo que soñaba, pero lo único que consiguió fue ser aún más detallista en sus ensoñaciones, e incluso terminar soñando más, que al pasar al papel siempre parecían quedar huecos que era necesario rellenar por el bien de la historia. Al menos, le quedó cierta soltura y estilo al escribir que termino haciendo, a trancas y barrancas, que se ganara la vida con eso de los cuentos.

Y una estación, como la de Gandía donde su padre esperaba a su madre después de la aventura con el griego, terminó siendo la solución para Sofía. Cada cierto tiempo, cuando notaba que los sueños se empezaban a agolpar por dentro, esas ocasiones en las que ya empezaba a ver síntomas de enamoramiento -pobre hombre- en el vecino del quinto o en el carnicero porque le cortaba los filetes un pelín más gruesos, cuando se encontraba empezando un cuento en Miraflores y terminándolo, sin saber muy bien cómo, en el Himalaya con 50 ninjas chinos y un mago irlandés de protagonista, Sofía se iba a la estación.

Y allí, habiendo doblado bien y empaquetado sus sueños más volátiles y huidizos, los que en realidad no importaban demasiado pero eran pesaos como ellos solos, los que hablaban de viajes que en realidad no querría hacer jamás pero de tanto pasar por la agencia de viajes del número 68 y verlos en el escaparate no paraban de molestarla, Sofía buscaba a un viajero cualquiera. Durante un rato observaba a la gente: si estaban sólos, si parecían tristes, si estaban inquietos o tranquilos. Si eran atractivos, feos, bajos, altos. Si movían las manos, si escribían. Y entonces, una vez elegido uno, por ejemplo aquel hombre de la esquina, de mirada nerviosa, atractivo pero inseguro, paseando una y otra vez sin despegarse de algo que pudiera cobijarle, entonces, Sofía soñaba. Soñaba que aquel hombre se llamaba Manuel y volvía a casa, e inventaba mil maneras de decir perdón, imaginaba mil maneras de besar que cerraran cicatrices, y una y otra vez se decía que el viaje sólo fuera de ida, esta vez. Sofía imaginaba como abrazaría lo que nunca tuvo que alejar de sus brazos, como sus dedos, ahora nerviosos sosteniendo una carta, recorrerían los labios de ella y la harían callar para bordarla un beso. Y como, en otra estación, a la distancia de un viaje y una vida, aquel hombre, Manuel, llegaría a un destino que tuvo que dejar para entender que un viaje no puede ser para escapar de uno mismo.

Y Sofía seguirá a Manuel hasta el autocar, y colocará su maleta de sueños sin importancia al lado de la bolsa de viaje de Manuel, y despedirá a ambos moviendo la mano desde el andén, a medias triste como en las despedidas, a medias alegre como en los principios. Y se sentirá viva y limpia, soñadora y realista, y volverá a casa, y escribirá sobre Manuel, una vuelta a casa, y una maleta de sueños que terminarán perdidos.

Y una estación.

 

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