Hay que dar la vuelta a la tortilla

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“Cáncer”. Y la habitación, la cocina en este caso, se hace pequeña, agobiante, una prisión que no lo es menos por ser su cocina de siempre, su cuatro paredes de todos los días, sus azulejos de siempre. “Cáncer”. Y la palabra rebota por todo su cerebro, sin irse nunca. Y ella se siente sin nombre, sin vida, sin nada. Y sigue pelando patatas, batiendo huevos, poniendo la sartén al fuego. Pero no es ella. Ella sólo nota rebotar la palabra, y no hay nada más. Ni su cocina, ni su hija pequeña, sentada a la mesa jugando con unos lápices esperando la tortilla.

“¡Lucha!” La dicen. Y todo es mecánico: vestirse, trabajar, amar, seguir, andar. “Hay que seguir”. Pero no tiene sentido, y mecánicamente fríe. Y de manera mecánica explica su enfermedad, saluda en el ascensor, callados los gritos y las lágrimas que va guardando. Y mueve las patatas y se siente ardiendo en el aceite de la palabra que rebota en su mente una y otra vez. Y ve su vida, su cocina, a su hija pequeña jugando con lápices y a esa tortilla de patatas como en un vídeo. Y pararía la imagen y sólo querría un abrazo y una promesa de que todo va a ir bien.

Y se vuelve de espaldas a todo y llora un poco. Y se da pena sin querer dar pena a nadie más. Y no quiere que su hija la vea llorar. No quiere que el mundo la vea llorar. Y se esconde en los ojos salados, las mejillas saladas, los labios apretados. Que el mundo se pare, que todo sea mentira. Y no quiere luchar, ni ser fuerte, ni que la miren o la admiren, ni que la besen o la abrasen a preguntas. Sólo quiere no sufrir.

Y es la voz de su hija la que rompe el silencio.

-Mamá, se que tienes cáncer, pero si no das la vuelta a la tortilla y nos la comemos quemada, nos vamos a poner malitos todos.

Y es esa voz y son esos ojos mirándola, de vuelta de su escondite tonto de ponerse de espaldas, lo que la hace secarse las lágrimas que mezcla con una sonrisa. Son esos ojos inmensos de necesitarla, de tenerla de vuelta y entera lo que la hacen abrazarla, y darla un beso, y decirla que tiene toda la razón, y que la tortilla de mamá no va a poner malito a nadie. Es ella, y su cocina, y el dibujo que atisba de reojo con ellas dos jugando en el parque sonrientes, y los azulejos de siempre, y su vida de siempre. Y sus besos al volver del trabajo. Y es todo eso, que ahora mismo va a poner a rebotar contra la palabra oscura en su mente, lo que hace, como nunca lo ha hecho, que de la vuelta a la tortilla.

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Vaya este cuento, o relato, o conjunto de palabras, como homenaje a todas esas mujeres que luchan y callan, que lloran y siguen, que aman y se aman. A todas las que dan #lavueltaalatortilla todos los días. Y a la gente de Buckler 00 (@Buckler00) que apoya a la Sociedad Española de Oncología Médica (SEOM) ayudando en la creación de la II Beca de Investigación SEOM-Buckler 0,0. Y a gente como Paco Léon, que ha dirigido este maravilloso corto, La Vuelta a la Tortilla, para recaudar fondos. Y a vosotros, que estoy completamente seguro que ayudareis cómo creáis necesario hacerlo.

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