A tomar por culo

michael 2 c66

A veces le pasaba. Sin saber muy bien cual era la gota que colmaba el vaso. Comenzaba unos días antes, quizás una o dos semanas. Algo así como una olla express cuando empieza a soltar vapor o las primeras burbujas que suben al hervir el agua. Una mala contestación sin venir a cuento, un buenos días callado, una mirada foribunda, un andar rápido sin tener prisa. Y de repente, como esperando a estar solo en la casa, sin que nadie le oyera, un grito largo y fuerte. Y todo estallaba. Comenzaba a pasear por el pasillo gritando !A tomar por culo! Y hacia ese destino lo mandaba todo. A tomar por culo el trabajo insatisfactorio, los jefes, la oficina y hasta la grapadora de mierda que nunca estaba en su sitio y que sólo aparecía cuando no había que grapar nada. A tomar por culo las prisas, el “es para ayer”, el cero respeto a sus opiniones y la mirada de cerdo condescendiente de más de uno al relatar los planes del próximo fin de semana. A la mierda la falta de futuro, la derrota de los sueños. “¿Pero quién coño se creen?” a voz en grito por los pasillos. A tomar por culo, escupiendo saliva en cada grito, la familia, la mujer, los hijos, la continua paciencia y la eterna lucha del día a día, el maldecir la suerte, el ansia de libertad y de 25 cervezas seguidas si hace falta. A la mierda los vecinos que no podían escucharle aunque quisieran, los receptores de todos esos “Buenos días” inútiles y falsos en las escaleras. Los amigos, todos mentira y fachada, fallones, solo presentes en la continua dialéctica de hace demasiados años, mira donde estás, siempre fuiste igual, no has cambiado nada, puede ser que estés más gordo y tengas menos pelo. Y el pasillo, y el grito de “Todos sois una puta mierda”, la mirada huidiza, la sangre ardiendo. A tomar por culo las mujeres, los curas, los políticos, los futbolistas, actores, los taxistas.

Y de tanto tomar y tanto culo se quedaba solitario en los gritos y en la ira, y nada más que él para mandar a tan lleno objetivo. Y así comenzaba a insultarse, como si la balanza de su odio, ahora inclinada completamente hacia el resto del mundo, tuviera que equilibrarse. “Mírate, gilipollas ¿que pretendes?” Y no era nadie, nada, ninguno, mereciéndose cada mirada, cada frase en el susurro despectivo, cada conversación de café a sus espaldas. Y se echaba todas las mentiras, todos los fracasos, todas las derrotas, todas las promesas rotas a la espalda y al espejo, al que se terminaba mirando cabizbajo, con los ojos odiosos, odiando, odiados. “No te mereces nada, nadie, a ninguno”. Y se insultaba feroz, sin compasión ninguna, con la rítmica de un martillo pilón. Se insultaba de niño, de joven, de adulto, cuestionando todas y cada una de las putas decisiones de mierda que había tomado. Marcaba el tono, el volumen, la longitud del insulto y el daño que ocasionaba.

Y por fin, se terminaba quedando callado, la mirada perdida en algún detalle de la casa. El lomo de un libro, el perfil de una lampara contra la pared, la suciedad en ese rincón. Se quedaba solo, lejos de todos los mandados a tomar culo, incluso de él mismo. Agotado, vacío, tumbado en un sillón, avergonzado de si mismo, absurdo en el recuerdo de lo que había gritado y dado viaje hacia tan indeseable destino, como si hubiera visto una película sin sentido.

Y luego, como siempre, comenzaba a recorrer la casa recogiendo los papeles, alguna taza rota, las fotos rasgadas, la botella vacía de Coca Cola lanzada contra la pared. Y en igual tiempo andaba también sobre sí mismo, ordenando las penas en sus sitios, las derrotas en su estante correspondiente, sacando brillo a las sonrisas asustadas y colocando un nuevo cartucho de “buenos días” en la punta de la lengua, barriendo los odios agotados y sobrantes, y echando a lavar miradas sucias. Y daba gracias a algún dios en el que no creía por únicamente tener como vecina a la Sra. Angustias y su sordera, para que nadie hubiera podido oír nada de su estallido.

Y precisamente, como siempre que le pasaba, terminaba bajando a pedir algo insustancial a la Sra. Angustias, como una taza de azúcar o un poco de perejil o de aceite, tan sólo para, sabiendo que no iba a escuchar lo que decía, quitarse un peso de encima expresando delante de ella un “Lo siento, siento todo el alboroto y los gritos, doña Angustias”, cerrando así de algún modo todo y dejándolo en el montón de cosas inexplicables que él, tú y yo llevamos dentro, y empezando a llenar el ahora vaso vacío para colmar con gotas que de la misma manera compartimos.

Y Doña Angustias le daba el azúcar, el perejil y el aceite, y a lo del perdón le contestaba lo más absurdo que en ese momento se le ocurriese, siempre con una sonrisa, como que ella también había notado que se había levantado el frío, y al cerrar la puerta se tocaba el aparato del oído, el que hace tiempo le habían regalado sus hijos, y que le había permitido perfectamente escuchar tanto el alboroto como los gritos del vecino, y por supuesto su frase de perdón. Y se iba a su labor de ganchillo sonriendo, como el que mira el mar tras un día de tormenta, sin dejar de amar el mar ni dejar de entender a las tormentas.

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