Superpoderes

Spiderman, Batman, Superman… los títulos y los superhéroes iban cayendo en la caja de cartón de manera lenta pero cadenciosa, aunque ante algún título en particular, la mano se le parase, y la vista se dejara caer con algún recuerdo de la lectura, pero sin que al final el ejemplar no siguiese el mismo destino que los demás. Pronto llenó cuatro cajas con ellos, a los que añadió los posters de su habitación de trabajo, sobre los que también dejó transcurrir una mirada de recuerdo. Al fin y al cabo, había trabajado en aquella habitación durante años con la mirada del Superman de Joe Shuster clavada en su nuca. Nadie tuvo jamás un guardaespaldas tan poderoso. Cuando cerró las cajas se sentía liberado, pero a la vez triste. Con esa tristeza de final de verano, de tarde de domingo. La tristeza de apurar la última cerveza que te tomas con un amigo. Aquellos tebeos, aquellos cómics de superhéroes eran parte de su vida, de su historia. Con ellos había crecido, y habían estado con él en todas las etapas de su vida. Pero tenía que hacerlo. Por ella.

Aunque ella no lo supiera. Tan sólo su mujer sabía la razón de la venta de todo ese material, y el destino de lo poco o mucho que pudiera conseguir. Había tomado la decisión hace unas semanas, harto de sí mismo, y de su incapacidad para sentirse bien, para asimilar lo que ocurría con su hermana. Aquella tarde había estado con ella,  y sin saber porqué, la conversación había derivado a los tiempos en que él la hacía de rabiar exhibiendo cualquiera de esos cómics que ahora llenaban las cajas de cartón y diciéndola que no había superheroinas que merecieran la pena, que todos los molones eran chicos. Ella se enfurruñaba a veces, pero normalmente se refugiaba en sus tebeos de Esther y su mundo o sus libros de los Cinco, los Siete Secretos o las Torres de Mallory, y le recordaba que más de una vez le había encontrado con uno de esos volúmenes de lomo azul con las andanzas de la estudiante de pelo moreno y largo y uniforme de falda tableada, y que a ella unos tipos inflados con capa no le parecían reales y si infantiles. Se rieron a gusto con las anécdotas alrededor del tema, y fue precisamente esa risa, la de su hermana, la que le dio la idea.

Porque era perfectamente consciente de que no iba a cambiar demasiado su vida a pesar de haberse dado cuenta de los superpoderes de su hermana. No iba a dejar de quejarse de las pequeñas cosas, del trabajo, del tráfico, del carro de la señora que se le colaba en el supermercado, de las noticias buenas por buenas en un mundo tan malo, y de las malas por malas en un mundo tan poco dado a la esperanza. No iba a dejar de importarle el fútbol, a pesar de los millones que ganaban los jugadores, ni esa serie de televisión con ese humor de patio de colegio. Sabía con seguridad que le iba a costar un mundo no dar importancia a lo que realmente lo tuviera, porque él no era un superhéroe como su hermana. Él se hubiera derrumbado, deprimido, escondido, agotado, abandonado. El no se hubiera reído de aquella conversación sobre tebeos de la infancia, porque le hubiera echado la culpa hasta a ellos de todo lo malo que le ocurría.

Así que tenia que vender aquella parte suya para sentirse un poco bien, para renunciar a una parte de su vida en homenaje a la única verdadera persona con superpoderes que conocía. Y jamás se lo diría, porque maldita la gracia que le debía hacer a ella tener que luchar contra el cáncer, mirar de frente a la vida, seguir día a día sonriendo, luchando, mostrando fuerza y ganas, con lo que debía costarla. Pero ella no tenía elección, y seguía combatiendo. Y él la quería, y la admiraba, y necesitaba hacer algo más que tener pena y odiar al mundo por aquel cáncer. Y por eso vendería superpoderes de papel para ayudar a los superpoderes de verdad. Y por eso, con cuidado y cariño, recorriendo con sus dedos el papel, desplegó sobre la pared donde antes estaba Supermán una foto ampliada de su hermana, con su sonrisa resplandeciente, con sus ganas de vivir, con su mirada clara, y escribió debajo, con uno de esos rotuladores gordos: Gracias por dejarme quererte, Superwoman.

Vaya este pequeño relato como sencillo y sentido homenaje a todas aquellas mujeres que luchan cada día contra el cáncer de mama, y a todos aquellos que les ayudan apoyándolas e investigando para su curación. Un granito de arena a la campaña realizada por la marca Buckler y su compromiso con esta causa, materializado cada año en campañas de apoyo. Este año han contado con la colaboración de David Bustamante, y han realizado el vídeo que podrás ver más abajo, a la vez que han seleccionado 8 mujeres para poner imagen a sus poderes sobrenaturales. Pero hay muchas más. Y queda por hacer. Si quieres más información, entra en la web de Buckler y descubre un mundo de mujeres llenas de vida y con ganas y fuerza para seguir adelante. Gracias a todas ellas por enseñarnos tanto.

Categorías:Cosechadel66

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