Y la Condesa Descalza salvó la vida a la Princesa Leia.

Ya se sabe que esto del cine tiene mucho de jugar con las leyendas, con los mitos, con nuestra imaginación y nuestra capacidad de soñar, de crear personajes a través de las historias que nos cuentan, de sus protagonistas, llegando a olvidar en muchas ocasiones que esos personajes no son ni más ni menos que personas de carne y hueso, bastante alejadas las más de las veces de los actitudes que mitificamos de sus interpretaciones.

Por mucho que la soñáramos fuerte y decidida, Carrie Fisher no era la Princesa Leia. Puede ser que fuera mejor, o peor, pero no era ella, condenada por enferma de trastorno bipolar, visitante asidua de sustancias de esas que transportan contrabandistas con menos escrúpulos que su Han Solo, habitual de episodios de depresión y no demasiado de relaciones sólidas.

En esas estaba en 1984, recién separada de Paul Simon, una de las mitades de Simon & Garfunkel, con el que había mantenido una relación o algo parecido en los últimos años y con el que había estado casada tan brevemente que si se descuidan las noticias de la boda y el divorcio hubieran podido salir en el mismo número del Hola (no llegaron al año). Así que la Princesa Leia estaba triste, que además a lo de Simon se le añadía que nunca iba a ser más la Princesa Leia, porque lo de las sagas galácticas aún estaba por descubrir, y ya se había estrenado El Retorno del Jedi, la última de las películas de la trilogía original, o sea, de la chachi.

El caso es que la princesa estaba tan triste que ni siquiera tenía ganas de asistir a la boda de su madre, que para el caso no era Amidala, si no la de verdad, o sea Debbie Reynolds. Aunque es posible que no acudiera porque las bodas de su madre las tenía muy vistas, que ya era la tercera, y el horno no lo tenía para más bollos, y además estaba en Londres, que quedaba como lejos. Eso sí, mantuvo una conversación por teléfono con su madre para disculparse por no estar con ella.

Como las madres son las madres (hasta las madres de princesas galácticas) y siempre saben dónde te has dejado el otro calcetín y que te estás meando, Debbie se olió algo raro en la llamada, e intentó contactar con ella más tarde para ver cómo se encontraba. No lo consiguió, y conociendo cómo se las gastaba su hija, empezó a preocuparse seriamente.

A mediados de los 80 los móviles y las llamadas de vídeo no existían, así que el problema que tenía Debbie desde Estados Unidos era que el conserje del hotel de Londres donde se alojaba su hija era inglés, así que pensaba que no debía de molestar a un huésped de un sacrosanto establecimiento británico por el mero hecho de que una histérica le llamara por conferencia desde el otro lado del océano asegurándole que era su madre, a la sazón una estrella de Hollywood. No colaba, debió de pensar el británico, que seguro que sirvió en un regimiento de fusileros o algo parecido.

Desesperada, La Reynolds acudió a la nobleza, al menos a la nobleza que estaba a su alcance, y le pregunto al encargado del hotel si la creería si lograba que Ava Gardner se personase en el hotel y le pidiese ver a su hija. Tras conseguir que el más que probable sargento de fusileros aceptase, rezó para que su amiga Ava estuviese localizable aquella madrugada londinense.

Consiguió dar con ella, por supuesto, porque las madrugadas y la Condesa Descalza siempre se llevaron bien, que se lo pregunte al Fary. Y también por supuesto aceptó ayudar a Debbie, personándose en el hall del hotel y presumiblemente poniendo patas arriba la recepción hasta que logró que la llevasen junto a Carrie.

Cuando abrieron su habitación, Carrie Fisher se encontraba caída en el suelo con su ropa puesta, las ventanas de la habitación abiertas de par en par y el televisor a todo volumen. El médico que la atendió dijo que no había sido una sobredosis, pero que había tenido suerte. Suerte en forma de una estrella llamada Ava Gardner, que se quedó con ella hasta que estuvo segura de que la Princesa estuviera a salvo, como toda una Jedi. Suerte de que la Condesa Descalza salvara la vida a la Princesa Leia.

(La historia la he recogido del impresionante tumblr Stardust, que a su vez refleja lo relatado por la propia Debbie Reynolds en uno de sus libros de memorias.)

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