Aquellos chalados éramos nosotros, y estos eran nuestros cacharros.

Eran tiempos en los que lo del aire acondicionado era opcional y un lujo, y la ventanilla abierta hacía de susodicho, aunque como consecuencia tuvieras que subir hasta el máximo aquel cacharro que se extraía y había que llevar a todas partes y donde las playlists se metían en TDK de 60 o 120 minutos y ocupaban un organizador que luego nunca organizaba nada.

Eran tiempos de calentones, de buscar sombras, de gato, bujías y agua en el radiador. Eran carreteras malas y menos malas, de viajes de dos cifras en las horas según donde fueras, de adelantar a camiones interminables en cuarta, de bolas y camisetas en los sillones, de mapas desdoblados en los que los pueblos se movían de sitio a poco que girases en ese cruce a la izquierda.

Eran tiempos de menos rotondas y menos radares, de gasolineras pérdidas y paradas en Albacete, de cintas de Camela, Arévalo y Eugenio, de abrir el capó y saber más o menos qué era cada cosa. De buscar teléfonos para llamar y decir que habíamos llegado bien, de carrusel deportivo en el atasco de la carretera de Burgos, de paisajes más cercanos y de puertos sin carriles de adelantamiento..

Eran otros tiempos y otros coches. Pero los chalados, los chalados éramos los mismos.

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