Unos pisos más arriba

 

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Hay penas como tormentas de verano, rápidas y violentas, fuera de lugar, de las que el sol da cuenta apenas han pasado diez minutos, secando el suelo al calor de la tarde. Hay penas como lloviznas, que no sabes si taparte o no, de tardes tristes, largas y grises, que no puedes esconderte hasta que paren, porque ni hay sitio donde no estén, ni paran. Hay penas que nos dejan unos pisos más arriba.

Hay tristezas de un rato, penas de de vez en cuando, que te asaltan a veces como las ganas de fumar cuando lo has dejado ya hace unos años, como el trozo de papel que ronda por el bolsillo hecho una bola y que sólo encuentras cuando buscas las llaves al no encontrarlas a las primera. Hay penas acompañantes, que llevas como ropa interior, y que ya no te dejan nunca, aunque la gente no te las vea vestidas. Hay dolores que nos dejan unos pisos más arriba.

Hay lágrimas de final de Love Story, de despedida de tren, de boda, de un rato, de un roto y un descosido, de historia triste, de cuento de princesas. Y hay lo que hay por que te has ido tan sólo dos pisos más arriba, fijate, Toya, sólo unos pisos.

Del cuarto al vaya usted a saber, del cuarto al piso que habrás encontrado desplegando un mapa donde podrás situar sin ningún fallo todos los besos recibidos, todos los viajes concluidos, todas las caricias enrevesadas o sencillas, quietas o intranquilas, mudas o completas de risas que el bueno de Rogelio tuvo a bien, muy a bien, provocarte. Del cuarto al sitio donde me gustaría pensar que nos vas a esperar, que tú siempre eres de llegar antes y esperar que obligarnos a esperarte.

Sólo unos pisos más arriba, Toya, lo justo para que me tenga que duchar con agua fría si me quedo sin butano, o cocinar sin huevos si es que este mecanismo de encima de los hombros le da por funcionar a medias en el Mercadona y se me olvidan. Unos pisos más arriba para echarte de menos a base de excusas tontas, para no parecer demasiado triste, demasiado roto, demasiado ajeno, que a la vida (ni a tí), les gusta mirar siempre como a través de un cristal cuando llueve.

Nunca te callaste un te quiero, y eso es de lo mejor que yo puedo decir de cualquiera que conozca, que andamos con las frases perdidas en los bolsillos con las llaves y el último ticket de aparcamiento, y por temor a perderlos nunca los acercamos a los labios. Y no quiero yo que se me quede el te quiero, Toya, suegra, vecina, compañera de viajes, compañera, que diría el poeta aquel.

Quédate ahí, a solo unos pisos más arriba, que ya llegaremos sin prisa para jugar al medio limón y a la canción esa de los neumáticos que nunca he llegado a aprenderme, quédate ahí que terminaré por ver qué le pasa a tu ordenador y a que se me llene el alma con un par de segundos de tu mirada.

Quédate ahí, a solo unos pasos más arriba, que ya iremos.

 

 

 

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