Una docenita de Reyes de Película

Sus majestades, los Reyes del Cine. los monarcas que han reinado desde el celuloide en reinos de fantasía o reales, lejanos o cercanos, pequeños o grandes. Los reyes no son los padres, los reyes son las películas (y alguna serie).

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Simba (El Rey León, de Roger Allers y Rob Minkoff, 1994)

El Rey por naturaleza, y nunca mejor dicho, por la cantidad de naturaleza que hay en la Selva, es el León, en esta caso de nombre Simba, que por otra parte no deja de ser el príncipe desterrado por el malvado usurpador que vuelve a requerir el trono pasados unos años de vacaciones. Hakuna Matata.

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Enrique VIII (La Vida Privada de Enrique VIII, de Alexander Korda, 1933)

Esto de los reyes en el cine, para bien o para mal, vaya usted a saber, tiene un tufo anglosajón que no veas. Será porque la historia la escriben los vencedores, o sea, que Hollywood no está precisamente en Jaén. O será que tener 6 esposas (creo que fueron 6, ¿no?), y pasar por el filo del hacha a alguna de ellas da para un guión de cine. Y para mí, ningún Enrique VIII como Laughton, por muy guapos que sean Bana o Rhys Davies. (Aparte del hecho de que de guapo Enrique VIII tenía que tener bastante poco).

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Elvis Presley (El Barrio Contra Mí, 1958)

Ni más ni menos que 31 películas protagonizó el Tito Elvis en toda su carrera, la primera en 1956 (Amame Tiernamente), y la última en 1969 (Cambio de Hábito), o sea, a más de dos películas por año, lo que da una idea del tamaño de la churrería cinematográfica montada alrededor del Rey del Rock, aunque tan sólo en una se nombrara su título, King Creole, al menos en el original. Un rey que gusta hasta a los más acérrimos republicanos…

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Aragorn (El Señor de los Anillos: El Retorno del Rey, de Peter Jackson, 2003)

Uno de esos reyes (pocos, la verdad), fetén, fetén. Guapo, honrado, valeroso, y con amigo mago. O sea, el rey Arturo versión Tierra Media, por obra y gracia de Tolkien primero y Peter Jackson después. Con reyes así, las Repúblicas lo llevarían fatal, fatal. Y encima, de reina, Liv Tayler ¿Alguien da más?

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Alfonso XII (¿Dónde vas, Alfonso XII? de Luis César Amadori, 1959)

Llegará un día, Netflix o similares mediante, en el que la historia española comience a tener el reflejo cinematográfico que merece, más allá de los habituales prejuicios de trinchera de turno. De momento, no estaría de más acercarse a historias como las de este Alfonso XII y su María de las Mercedes. Placer culpable asegurado.

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Arturo (Los Caballeros de la Mesa Cuadrada y sus Locos Seguidores, de Monty Python, 1975)

No son pocos los Arturos que pululan por la historia del cine, pero ninguno tan cachondo y diferente como el recreado por los Monty Python allás por mediados de los 70. Irreverente y lleno de puñetazos a todo lo que signifique aburrimiento. Indispensable degustación al completo o a bocados de sketch en Youtube.

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Claudio (Yo, Claudio, 1976)

Ponerse de pie y saludar a la mejor serie de TV de la historia. Al menos, en lo que se refiere a un servidor, que una y otra vez la ha descubierto rendido a los entresijos de la familia imperial romana y a la lucha por sobrevivir entre tanto veneno y daga enrevesada de Cla-cla-claudio, el emperador más improvisadamente perfecto del Imperio. Decorados de cartón piedra, producción de Estudio 1, y una plantilla de actores de caerte de culo. Una joya. Y que se atreva alguien a rebatírmelo. Y si se atreve, pago yo las cervezas.

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Jorge VI (El Discurso del Rey, de Tom Hooper, 2010)

Nos suelen vender aquello de que la realeza no tiene defectos, así que la tartamudez del británico Jorge VI, que además nunca estuvo en primera línea de sucesión hasta que su hermano mayor se lió la manta a la cabeza con una tal Simpson, americana, divorciada y un poco nazi, no dejaba de ser un importante escollo, sobre todo, claro, a la hora de dar el discurso del título. Encantadora película en la que brillan Colin Firth y Geoffrey Rush escena a escena.

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Puyi (El Último Emperador, de Bernardo Bertolucci, 1987)

Que de chaval te llamen “El Señor de los Diez Mil Años” o “El Hijo del Cielo” y que termines tus días como archivero en una biblioteca tiene su aquel. Es lo que tuvieron los tiempo revueltos en los que vivió Puyi, el último de los emperadores chinos, reflejado de manera magistral por Bertolucci en una de las principales películas históricas de los años 80.

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Enrique II (El León en Invierno, de Anthony Harvey, 1968)

Si hay un actor acostumbrado a tratar con la realeza es, sin lugar a dudas, Peter O´Toole, ya sea apareciendo como maestro de Puyi en nuestra anterior referencia monárquica, como aliado del árabe Faisal en la legendaria Lawrence de Arabia, haciendo de paciente ayudante de cámara de un improbable rey John Goodman o de Rey Príamo de una Troya asediada a cuenta de una tal Helena. Y por supuesto, con el doblete ineludible caracterizado como Enrique II de Inglaterra en Becket, junto a Richard Burton y en la obra maestra El León en Invierno junto a ni más ni menos que Katharine Hepburn. La polla, hablando mal y pronto.

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Mongkut (El rey y yo, de Walter Lang, 1956)

La especial personalidad del monarca siamés Mongkut de mediados del XIX y su relación con la profesora de inglés de sus hijos, Anna Leonowens, fue creciendo desde los libros de esta última hasta las pantallas cinematográficas, pasando por uno de los musicales más exitosos de Broadway, del que se derivó esta encantadora versión con Deborah Kerr y Yul Brynner, que también lo interpretó en el escenario.

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Felipe IV (El rey Pasmado, de Imanol Uribe, 1991)

Simplemente indispensable adaptación de la novela de Gonzalo Torrente Ballester. Inconmensurable Juan Diego, enormes Gabino Diego y Fernando Fernán Gómez y espectacular el resto del reparto para una película que nos cambiará todo lo que teníamos pensado sobre el imperio español y su monarquía. Y si no, nos hará pasar un rato más que estupendo. ¡¡¡El Rey quiere ver a la Reina desnuda!!!

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Napoleón (Waterloo, de Sergey Bondarchuk, 1970)

No es que sea la mejor película sobre el gobernante francés, título que parece otorgado de manera unánime a la película de Abel Gance (Que por otra parte ya le vale al cine no haber mejorado una película de 1927), pero tampoco es la peor, ni mucho menos, y si la más espectacular, merced a su utilización del ejército soviético en la recreación de la batalla que acabó con el imperio del pequeño gran corso. Y no me negaréis que Waterloo como final, no tiene precio, que diría Mastercard.

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